He contado en otros artículos, que debo a don José María Vielman España, mi profesor de Idioma Español en el Instituto antigüeño, la recomendación -al jubilarme- de volver a releer los libros que dejaron huella en la primera lectura.

Con el paso de los años, el rigor de los estudios, el ejercicio de la lectura, la conversación con personas cultas y en especial las experiencias de la vida, permiten leer el libro desde otra perspectiva, aplicando el festinabis lenti –yendo despacio llegarás a prisa-. Sin la presión del tirano silencioso que cuenta los segundos, los minutos y las horas. La reelectura debe de ser en reposo, reflexión y meditación. Se encuentran trozos importantes y otros que a su tiempo, pasaron inadvertidos, pero que con este nuevo ejercicio de lectura, cobran importancia y de nuevo se vuelve a aprender.
Añoro las dos salas de lectura y de estudio, de mi niñez y juventud. La Sacristía de la iglesia de Inmaculada Concepción en mi barrio y la que fue Librería del Seráfico en su monumental convento. Hasta ellas no llegaba el rumor de la calle y el silencio permitía darle rienda suelta al espíritu y a la mente. La caída de una gota de agua a intervalos, filtrada entre sus muros, era lo único que se escuchaba en el silencio acogedor.
Nicolas Patrick Stephen Cardenal Wiseman, nació en Sevilla –España- el 2 de agosto de 1802, sus padres anglo-irlandeses se establecieron en dicha ciudad por asuntos comerciales. Gozó de una sólida formación hogareña, académica y religiosa. Fue ordenado sacerdote y se doctoró en teología con altas distinciones.
Es evidente la riqueza de las fuentes historiográficas que consultó para respaldar el contenido de su libro FABIOLA, o la iglesia de las catacumbas, ambientada en la Roma del siglo IV, durante la persecución de los cristianos por el Emperador Diocleciano.
La narración se inicia con la división del poderoso y vasto imperio romano en tiempos del Emperador Diocleciano. El Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente. La protagonista es Fabiola, una joven bella de escasos veinte años de edad que lucía una cabellera de oro que le caía hasta la cintura de sus formas esculturales. Fue hija única de Fabio, llamado el “perfecto patriarca”, quien le brindó una exquisita educación y una sólida formación académica dada por los filósofos de su tiempo. Fue, a la vez, heredera de la mayor fortuna de Roma.
A su novela le nombra también, la iglesia de las catacumbas, porque Diocleciano desató una implacable persecución contra los primeros cristianos, que se refugiaron en las catacumbas que son galerías bajo tierra con diversos niveles que les sirvieron para protegerse de la persecución, realizar sus cultos religiosos y sepultar a los que abrazaron la nueva religión.
Diocleciano promulgó en Oriente el edicto imperial Christian non sint? (¿No son cristianos?) Con esta frase negó el derecho a la existencia de los cristianos. Maximiliano acogió con júbilo este edicto y lo hizo cumplir en todo el Imperio de Occidente. El 4 de noviembre del año 1302 se reunió la asamblea para establecer las normas que se debían de aplicar en la persecución de los cristianos.
Corvino fue el enamorado de Fabiola. Sebastián la visitaba con frecuencia y advirtió: ¿y si el libro se cerrara antes de llegar al final?
Los primeros cristianos al hacer suya la buena noticia del evangelio, practicarlo y aceptar la existencia de un solo Dios, se negaron a darle tratamiento de Dios al Emperador y no cumplir las leyes que atentaran contra sus creencias. Sufrieron persecuciones para hacerlos desaparecer, se les expropió de sus bienes, unos fueron presos, obligados a realizar trabajos forzados, sufrieron torturas y muerte y otros el destierro.
Diocleciano fue implacable y los sometió a castigos infames para que renegaran de sus creencias cristianas. La resistencia en lugar de disminuir aumentó y según lo narra el cardenal Wiseman en su libro, los sometió al castigo de “la rueda que distendía y dislocaba músculos y huesos; las enormes parrillas para asar el cuerpo del condenado; el sillón incombustible bajo cuyo asiento se encendía el fuego; cucharas para derretir plomo y verterlo en la boca de la víctima; tenazas, garfios, cuellos de púas, esposas, grilletes, espadas, hachas y cuanto, en fin, era empleado por el verdugo y causar daño para lograr que la víctima se arrepintiera.
Los que entregaron su vida por salvar su creencia en Dios y en el evangelio, se les llamó mártires que en griego significa “testigo”.
Uno de los primeros mártires de la nueva iglesia, lo fue San Sebastián. Un joven soldado del ejército romano y del emperador Diocleciano. Fue jefe de la primera corte de la guardia pretoriana. Ocultó su cristianismo. Al no participar en las ceremonias paganas fue descubierto y condenado a ser saeteado atado a un árbol. Su cuerpo resistió y logró vivir. Su valentía lo llevó a presentarse ante el Emperador para reclamarle la persecución de los cristianos. Fue nuevamente condenado a muerte. Los verdugos lo lanzaron a un lodazal de donde los cristianos recuperaron su cuerpo para darle cristiana sepultura. Otros mártires fueron Jacobo el mayor; Felipe fue azotado y crucificado, Mateo murió con una alabarda. Inés, una joven, bella y doncella, fue encerrada de un prostíbulo para pervertirla. Los hombres no se atrevieron a tocarla porque irradiaba respeto y con la firmeza de su fe en Dios como nueva cristiana, mantuvo la pureza de su cuerpo.
Ante la brava resistencia de Inés con apenas trece años de vida y el fallido intento en el prostíbulo, el gobernador enfureció. La apresó, la amenazó con quemarla viva y al comprobar que todo era en vano, mandó que la degollaran.
La joven Fabiola, lastima con su trato a Syra, la muchacha que está a su servicio y que es cristiana en secreto. La humildad de Syra se impone ante el orgullo y los mimos de la bella romana. Junto con su prima Inés, inician una lenta transformación en la vida y creencias de Fabiola.
Para no perder ni alterar la esencia de ese diálogo, fácilmente puedo caer en el abuso de comillas. Es mi salvación para que el lector, lo disfrute íntegramente. En su diálogo con Syra, su peinadora, ésta deseaba su felicidad. Fabiola tuvo como maestros a grandes filósofos de quienes aprendió la concepción de la vida.
Syra le dice a Fabiola que “puede conservar o destruir su cuerpo, pero hay algo que ni el emperador podrá comprar con todos sus tesoros, algo que escapa a las cadenas y que es libre e inmortal.” Y ¿qué es eso que es libre e inmortal? Pregunta Fabiola, intrigada.
Syra le responde: “el alma”. Fabiola le responde que “en mi vida he oído nada más gracioso.” Y Syra le aclara que: “en mi interior vive un espíritu que se rige por leyes superiores a las de los hombres, y que no debe someterse a la adulación ni a la mentira.” y agregó: “no todo mi ser morirá”.
Fabiola se cuestiona y le dice que ni los griegos ni los romanos han tenido una escuela donde se hable de cuerpos resucitados después de la muerte.” Syra, le aclara que “mi escuela es la escuela del amor y no diferencia entre romanos y bárbaros, ni distingue a los esclavos de los hombres libres.” Fabiola escucha con atención que Syra le dice que hay un pergamino que contiene máximas que rigen la vida. “Ama a tu enemigo, haz bien a quienes te persiguen”. Fabiola se siente confundida, porque la dificultad para aplicar estas máximas está precisamente en su sencillez.
A la muerte de Fabio, padre de Fabiola, le vino esta reflexión: “¿Dónde quedaba aquel espíritu bondadoso de su padre, aquella alegría y generosidad que llenaron su casa de amigos? ¿Todo quedaba enterrado, reducido a los límites del cuerpo embalsamado que llegará mañana de Ostia? O acaso, como dijera Sebastián, ¿una nueva vida comenzaba más plena y dichosa al traspasar el umbral de la muerte? ¿Aquel de quien hablaban Sebastián y Syra, estará examinando en estos momentos las horas de la vida de Fabio, para juzgar sus más secretos pensamientos?”