La democracia no es un modo de ser del Estado. Es un modo de ser del gobierno. Un mismo Estado puede tener diversos modos de gobierno; por ejemplo, puede ser república, o monarquía, o tiranía. La democracia es, actualmente, un modo de gobierno que consiste en que todos los ciudadanos poseen el derecho a elegir a quienes han de gobernarlos; e inversamente, todos tienen el derecho a gobernar. La democracia presupone, entonces, un procedimiento para ejercer ese derecho. Es un procedimiento que puede variar extraordinariamente; y, por ejemplo, no es el mismo en Estados Unidos de América que en Guatemala.
El valor de la democracia no consiste en garantizar que los gobernantes elegidos serán los mejores; pues un gobernante es buen gobernante, no porque ha sido electo, sino porque es competente para gobernar. El valor de la democracia tampoco consiste en garantizar la mayor prosperidad económica; pues un gobernante fomenta aquella prosperidad, no precisamente porque ha sido electo, sino porque, como parte de su competencia para gobernar, posibilita que actúen las causas generales de progreso material de las naciones. Creer que la democracia posibilita el mejor gobierno, o la mayor prosperidad económica, es ignorar la esencia de la democracia; pues ella también posibilita el peor gobierno y la menor prosperidad.
El valor de la democracia consiste en ser un modo justo de gobierno. Es justo porque le otorga a los gobernados, dos derechos esenciales. El primero es el derecho a elegir a quienes han de gobernarlos. El segundo es el derecho a ser ellos mismos gobernantes. Entonces puede elegir gobernantes no solo quien poseer un accidental atributo particular, como la riqueza, sino quien posee el necesario atributo general de ser ciudadano, es decir, quien posee el status jurídico de pertenecer al Estado. Y la razón para ser electo gobernante tampoco es poseer un accidental atributo particular, como una presunta calidad nobiliaria, sino poseer el necesario atributo general de la ciudadanía.
Aunque la democracia sea un modo justo de gobierno, ella no brinda certeza de que quienes ejercen el derecho a elegir, elegirán a los mejores. No puede brindar esa certeza porque es impredecible la conducta del candidato elegido cuando tenga el poder público que le ha sido adjudicado por medio del voto. La democracia tampoco brinda la certeza de que quienes ejercen el derecho a ser electos, son los mejores ciudadanos elegibles; pues puede ocurrir que los mejores se abstengan de optar al ejercicio de funciones públicas adjudicadas por medio del voto.
Afortunadamente esa inevitable carencia de certeza puede ser compensada por el derecho a destituir a los gobernantes. Es un derecho cuyo ejercicio debe ser más simple que el derecho de elegir. Precisamente en una plena democracia el derecho a elegir gobernantes y el derecho a destituirlos son inseparables. Esa plena democracia se aproxima a una deliciosa perfección, porque posibilita corregir una errónea decisión electoral. Entonces no es necesario tolerar, por ejemplo, el ejercicio abusivo del poder público, el enriquecimiento ilícito, la ineptitud, la negligencia, la irresponsabilidad, la obsesión despótica o el idiotismo de quienes ejercen funciones públicas adjudicadas por el voto.
La ausencia del derecho a destituir gobernantes convierte a la democracia en el modo más estúpido de gobierno, porque obliga a prolongar el peor mal del Estado, es decir, el mal gobernante; pero la presencia de ese derecho la convierte en el modo más inteligente de gobierno, porque posibilita no prolongar más ese mal.
Post scriptum. No importa que mil veces haya que destituir malos o pésimos gobernantes. Más costoso es tolerarlos; y el mayor costo de la tolerancia consiste en demandar los peores gobernantes, precisamente porque son tolerados.