Desquiciados


EDUardo-Blandon-2013

De un tiempo para acá, los medios de comunicación social han fijado su atención en un fenómeno, según ellos, novedoso. Me refiero al suicidio que en apariencia impacta cada vez más a la ciudadanía guatemalteca. Los expertos afirman que la causa puede atribuirse a una estructura general que impide que las personas crezcan o se desarrollen sanas.

Eduardo Blandón


Creo personalmente que el suicidio (y no descubro el agua azucarada) es un fenómeno multicausal. Y es posible que esa ecología mórbida en la que crecen nuestros jóvenes condicione sus comportamientos suicidas. Después de todo, somos el resultado de alguna manera de las influencias sociales.

¿Puede desarrollarse felizmente un niño que desde temprana edad se le eduque en la desconfianza? Eso es lo que hacen (o hacemos) muchos padres de familia cuando recomendamos a los hijos precaución en la calle por los ladrones. Enseñamos a los pequeños a ser suspicaces, “la gente es mala”, “muchos buscarán hacerte daño”, “no dejes que abusen de ti”.

No puede tener sanidad espiritual –psicológica–, una sociedad bombardeada por el consumismo. Es imposible para un joven manejar tanta frustración y amargura por una vida aparentemente fracasada. El deseo provoca la muerte. Los jóvenes viven defraudados por no conseguir las promesas de la televisión.

¿Puede ser dichosa una sociedad que vive estresada? La mayor parte de los jóvenes y adultos económicamente activos invierten más de ocho horas en el trabajo. Esa vida de burro la llevan de lunes a sábado y algunos también el domingo. Poco tiempo para la familia, intoxicados en oficinas atestadas de imbéciles sociales, produce vidas de zombi, una agonía prolongada y dolorosa.

Tanta miseria vital es compensada con fármacos, licor, drogas y versiones variadas de fuga. Nuestro alcoholismo se funda en la frustración alienante que nos convierte en hombres de paja. Somos sujetos vacíos, sin amor, marginados de los hijos y rechazados por Dios. Con un sentimiento de culpa infinito. Cadáveres ambulantes necesitados de un tiro de gracia.

Los psiquiatras parecen tener razón: somos una sociedad enferma. Sin redención ni medios de cura. Sin parques donde caminar (sin ser asaltados), sin tiempo para el ocio (porque somos asnos), sin espacios para el amor (por haber destruido la familia). Jodidos. Infelices, pero no solos. Hay un ejército de desquiciados que deambulan por la calle y son nuestros colegas de trabajo. Mal de muchos, consuelo de tontos.