Los secretos de un pueblo pequeño


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Había una vez un pueblo tan pequeño, tan pequeño que todos sus habitantes cabían a lo largo de una manzana que a su vez estaba dividida por una calle principal; a pesar de lo exiguo de aquel sitio cada residencia era diferente a la otra, era un lugar heterogéneo y diverso porque había vecinos de muchos orígenes étnicos, era una villa en la que se hablaban muchos idiomas, aunque las personas no siempre se escuchaban.

Julio Donis


Sin embargo, también era un sitio desigual porque había vecinos con mucho poder y riqueza y residentes que apenas podían sostener su choza. En uno de los extremos de la calle principal, erigió su palacio uno de los habitantes más ególatras; su morada era eso, una edificación a la supremacía. Allí habitaba una familia muy antigua que había amasado fortuna, pero aun así no era suficiente. Hacían fiestas a las que no todo el pueblito era invitado, los convidados no podían ingresar más allá del jardín. Era un pueblo como todo lugar pequeño, con grandes infiernos y  todos atesoraban algo que el otro quería. En el lugar como en cualquier otro, había relaciones comerciales, políticas, culturales y sociales entre todos los residentes. La moneda de cambio de aquel pequeño paraje era la verdad, de tal manera que los bienes se intercambiaban con cantidades de autenticidad. Con el paso del tiempo, aquella moneda se fue devaluando porque se filtró la mentira en las relaciones  en detrimento de la verdad que fue perdiendo su valor, aunque aun así era el capital que se imponía sobre otras a pesar de todo. En el mercado se podía encontrar falsas verdades pero también había mentiras verdaderas. Las relaciones en el pueblito se fueron haciendo cada vez más tensas y egoístas, desconfiadas, aisladas, porque la verdad empezó a escasear. Las relaciones de aquella localidad se oscurecieron y se empezaron a distinguir por el empeño en acumular, más que por el bienestar colectivo. Con ese afán, se montaron tremendos actos para hacer acopio de verdad, se vendía lo que fuera y se buscaba cualquier bien en el pueblito con tal de tener la verdad. Fue entonces cuando los vecinos más poderosos empezaron una carrera exacerbada por la acumulación implacable; la excusa era el ordenamiento de las relaciones comunitarias entre todos los vecinos,  pero la efectiva razón era la voracidad por  atesorar  poder que no era político sino económico. Todos dudaban de todos aunque la mayoría abiertamente se reía en la calle a la luz del día, la noche era el momento para debatirse sobre quién tenía qué, especialmente los vecinos del extremo de la calle. Esa pulsión acumulativa ha estado presente en la historia de la humanidad, es la característica primordial de la ambición cuando es imperial; desde hace unos siglos a eso se le llama capitalismo y recientemente capitalismo global, fase en la que aquella codicia se vuele tan amplia que tiene como consecuencia la explotación y extinción de la misma morada o territorio hasta el final. Como el pueblito era un sitio pequeño, era un paraje interconectado y altamente comunicado, esa misma circunstancia haría fácil el fisgoneo especializado, el espionaje de alta tecnología, el hurgamiento de los más fuertes sobre los más dependientes. En la sombra, todos sabían de esa práctica, la de observar la vida de los otros, los secretos del vecino que brindara ventaja en la supremacía por la acumulación total. Pero un día alguien se atrevió a denunciar esa estrategia, y la doble moral brotó y el imperio se volvió incoherente.