Sábado 13 de julio de 2013. En esta mañana gris, fría, húmeda, mi corazón está de luto, en el umbral de aquella puerta inmensa de la Iglesia de Capuchinas, zona 1. Un féretro recién barnizado y en su interior, el gran poeta Carlos Zipfel y García.
A 76 años, nuestra despedida. Seguramente, su extraordinaria poesía empezará –hasta ahora– a ser leída en círculos intelectuales, a ser valorada en esta Guatemala tan ingrata. Su muerte permitirá abrir espacios, para encontrarle sentido a este sinsentido que es nuestra patria… que deja ir a sus mejores hijos, sin darles los honores merecidos.
Recuerdo a Don Carlos Zipfel, en los 70`s, cuando iba a saludar a mi padre, con sus revistas Guatemala Comercial, bajo el brazo. Yo era apenas un mozalbete. Las pláticas con mi padre, eran de varias horas. Después leía rápidamente aquellas revistas, me encantaban sus poemas. Los ritmos internos que tenían esos textos, me parecían mágicos, son mágicos; tienen una cadencia tan “ziffelina” tan… de poeta consagrado, que aún me dejan sin aliento.
Una vez lo vi en el Café Literario. Detrás de un mostrador. Escribiendo. Escribiendo poemas, pese al ruido de los buses sobre la avenida. Él seguía y seguía escribiendo. Supe que allí se juntaban ¡alegres, libres! los poetas, los intelectuales a comer, a beber, a tertuliar. Nunca fui porque era un adolescente apenas, pero me hubiera gustado acercarme a la cadenciosa voz, detrás de aquellos poemas que leí de patojo.
Pasado los años, en la Escuela de Ciencias de la Comunicación, conocí a su hijo y lo sentí como el hermano que la vida me había regalado, porque al otro, me lo habían arrebatado; Carlitos Zipfel Valencia, siempre con cariño y mi admiración por su trabajo en la producción radiofónica. Creo que su voz es una de las más cultivadas que he escuchado en la radio. Aprendí a valorar su trabajo de talento, creatividad e insobornable postura, para poner las ondas etéreas al servicio de la humanidad y no del comercio.
Ese sábado 13 de julio, exactamente en el umbral de aquel inmenso portón de Capuchinas, empecé a buscar el hilo de la madeja que Ariadna le dio a Teseo. Quería encontrar el principio de todo… frente al final de una vida dedicada a la creación poética. Inusitada tarea. Pasaron minutos de angustia, en un segundo. El cuerpo encerrado en aquella frágil mortaja, el cuerpo de una mente que fue siempre libre, hoy sin vida frente a nosotros.
En medio de la oscuridad que proyectaba el pasado y la luz que venía de frente, dos amigos en un silencioso encuentro. En el umbral, congelados en el tiempo. Somos materia, somos espíritu. Somos todo y nada. En el umbral de una iglesia: la luz total, frente a nosotros; la oscuridad más oscura, detrás. Vida y muerte, intersticio demencial en un microsegundo. ¿Es el último escalón o el primero? La puerta medio abierta, entrecerrada. La vida… apuesto por la vida.
Retomo el hilo mitológico que obsequió Ariadna, hilvanándolo, para buscarle sentido a los misterios de siempre, en el transitar de una vida consagrada a crear letras que danzan sobe lunas, estrellas… y universos paralelos. Letras que brillarán eternamente y que anidarán en el corazón del pueblo. Culmino aquel enigmático ovillo, atado a mi corazón, al cargar el féretro del excelso poeta y doy una palmadita de resignación. Junto a su hijo, introducimos su cuerpo a la carroza fúnebre. El Minutauro ha ganado, esta vez, porque al final del laberinto, de la caverna se oscureció la salida y se ha llevado a uno de los grandes poetas de Guatemala. Ha culminado el último verso de una vida que transcurrió con fuego y creatividad… en la libertad de las letras.