No cabe ninguna duda que el Organismo Legislativo es el que menos prestigio tiene en la estructura del Estado y que en este último año el deterioro de la imagen ha sido brutal por la ausencia de trabajo y por las evidencias de que los diputados se ponen firmes para aprobar decretos únicamente cuando hay intereses de por medio. Entre la ciudadanía no hay ninguna duda de que en el Congreso prevalecen las ambiciones de los diputados y no el interés nacional.
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Eso no quiere decir, desde luego, que el resto de las instituciones gocen de respeto de los ciudadanos, porque en la administración de justicia se observan resoluciones que son un verdadero atropello a la legalidad y en el Ejecutivo todo se hace con la mentalidad de negocio, de satisfacer ambiciones de los funcionarios y de cumplirle a los financistas que dieron dinero para la campaña política. Pero sí hay que reconocer que en medio de todas esas percepciones ciudadanas, la que hay sobre el Organismo Legislativo es la peor porque los diputados se han empeñado en pintarse de cuerpo entero.
En ese contexto, el Presidente de la República está arrinconando a una institución desprestigiada y para hacerlo no sólo confirma la orden a sus ministros para que no acudan a las citaciones, sino que además dice que los diputados aprovechan esas citaciones para realizar chantajes, pedir obras o plazas, en vez de realizar la gestión fiscalizadora que supuestamente debieran realizar.
No cabe la menor duda que el Congreso está en una situación difícil, pero también hay que entender que se está llevando el pulso a una situación en la que no habrá retorno. La sombra de una depuración empieza a hacerse más definida luego de este enfrentamiento que, insisto, puede entenderse como una repetición de lo que ocurrió en tiempos de Serrano, cuando los diputados se pasaron de la raya en sus exigencias de dinero para aprobar cualquier cosa.
Ahora el Gobierno está urgido de aprobar mecanismos de financiamiento como los bonos para cumplir a sus financistas aunque sea pagando contratos ilegales o por obras mal hechas y quizá hasta inexistentes, pero requiere que el Congreso apruebe y los diputados sabrán sacarle raja a esa necesidad como lo han hecho siempre. Es, desde el punto de vista del negocio, un gran momento y por eso el pulso tiene mucha importancia para ablandar posiciones y enviar el mensaje de que el Ejecutivo, concretamente el Presidente, está dispuesto a llevar las cosas a donde los diputados deseen llegar.
Pero el punto es que tiene que entenderse que habrá daños colaterales irreparables de uno y otro lado. El Congreso no puede perder más prestigio y respeto porque ya se agotó la cuota y nadie les respeta ni gozan del más mínimo prestigio. Pero el Ejecutivo ha cruzado el Rubicón con las declaraciones que remarcan la eterna corruptela que llega a extremos de citar a ministros para exigirles plazas o para lograr contratos a favor de los socios, protegidos o parientes de los diputados, es decir que no les bastan los grandes cheques para aprobar leyes como las de telecomunicaciones, para citar uno de los ejemplos, sino que también se pintan por la pichicatería de otras de sus aspiraciones.
Si el Presidente termina siendo coherente, no tendrá otro remedio que dar nuevos pasos al frente. Por supuesto que vivimos en tiempos de mucho cinismo y por ello nada tiene que ver con principios ni con valores, lo que significa que en cualquier momento se pueden “arreglar las cosas” con pragmatismo para finiquitar diferencias, por profundas que sean, pero todo paso atrás mermará la posición presidencial que no está precisamente en sus mejores momentos.