Confieso con cierto rubor que soy aficionado al fútbol, pero no para suponer que la dignidad, honor y prestigio de Guatemala (que preclaros gobiernos se han encargado de enaltecer) estén en riesgo y entre las piernas de once individuos que, sofocándose al correr 20 metros tras un balón, participan en competiciones internacionales, para infortunio de fanáticos del balompié, porque los seleccionados suelen retornar al país con una costalada de goles, o en el estadio Mateo Flores han recibido soberanas cachimbeadas.
Sin embargo, puntualizo dos aspectos desagradables. Uno de ellos se refiere, precisamente, a esa desesperada y engañada hinchada que, reiterativamente y a cambio de otros objetivos que perseguir, se afana, entusiasma y decepciona cada vez que los dirigentes de la Federación Nacional de Fútbol anuncian la preparación del combinado que ni siquiera intenta colocarse en un lugar medianamente decoroso en un certamen regional, es decir, de Norte y Centroamérica y el Caribe, porque a estas alturas no creo que alguien, por obsesionado que sea, aspire que esa selección pueda participar en un campeonato mundial, salvo las eliminatorias, en las que el equipo chapín queda descartado cuando apenas ha jugado contra Belice y Nicaragua.
A los aficionados guatemaltecos residentes en el territorio nacional, se suman los desdichados compatriotas que se vieron obligados por diversas circunstancias, como desempleo, discriminación racial y miserables salarios, entre otros factores, a abandonar sus hogares en búsqueda de mejor destino en Estados Unidos, y que cada vez que esa enfrascada selección compite en cualquier ciudad norteamericana, acuden al estadio donde juegue la oncena, con la moribunda esperanza de que, por lo menos, anoten un solitario gol, y no como acaba de ocurrir, al perder por 6 a cero, cual oferta de carnaval.
El otro elemento es menos chabacano al tomar en consideración que la Corte Suprema de Justicia, la Universidad de San Carlos, los artistas que dependen del Ministerio de Cultura (¡¿?!) y Deportes y otras instituciones que merecen la atención de las ilustradas autoridades supremas del Estado, no cuentan con los recursos suficientes; mientras a la mencionada federación le asignan Q16 millones, para que los cabezones puedan viajar ostentosamente y acomodarse en hoteles de categoría, para acompañar a futbolistas, entrenador, preparador físico, masajista y hasta parientes, amantes y mascotas cuando la selección compite fuera del país.
Ya el Ministro de Finanzas declaró que no es posible reducir ese monto y trasladar parcialmente el presupuesto de la embrujada federación a los músicos de la Orquesta Sinfónica, a los integrantes del Ballet Guatemala, a creadores en diferentes ramas de las bellas artes, porque la Constitución, tan respetada por el Presidente, establece que ese monto esté a disposición de los enchamucados futbolistas; pero yo insisto en que, buscándole vericuetos a la norma y con el apoyo de extraviados políticos, por lo menos que Guatemala deje de participar internacionalmente en ese deporte durante unos 10 años (mandando al carajo a los también corruptos de la FIFA), y que el dinero asignado se destine a crear semilleros y construir pequeños y funcionales estadios en todo el país, no sólo en la capital, además de que se estimulen otros deportes de masas.
(El entrometido Romualdo Tishudo supo de manera confidencial que la Fedefútbol invitaría a la selección de Tahití, que encajó 24 goles en Brasil en tres partidos, para que juegue contra el combinado chapín. Sería todo un clásico de chambones).