Lo que hace dos años empezó en Túnez y continúa en Egipto, pasando por Europa, Estados Unidos, México, Chile y Brasil, imprime una característica peculiar al mundo de hoy. Se trata de acontecimientos inéditos, con peculiaridades y características propias del lugar y condiciones en que están teniendo lugar, plantean varias interrogantes, y exigen, además, analizarlos con nuevos enfoques y objetividad.
\ Carlos Gonzáles \
En ningún caso, se trata de luchas y movilizaciones, manifestaciones y protestas carentes de antecedentes o que sean expresiones de espontaneidad o voluntarismo y sin tener claro qué es lo que se quiere alcanzar o para qué y por qué se logra convocar y movilizar a tantos y distintos sectores de la sociedad.
Lo cierto es que no se trata de meros intentos o ensayos para ver si se logra avanzar un poco más de lo que políticamente, en un momento dado, es necesario y posible. Se está ante manifestaciones y protestas con las que lo que se ha logrado no va más allá de lo que el poder dominante está dispuesto a permitir.
También es cierto que el sistema imperante ha demostrado que está en capacidad y condiciones de interceptar e impedir que las acciones y luchas sociales y populares salgan de su control. Son varios y diversos los factores que inciden y determinan que estas impresionantes manifestaciones y movilizaciones sociales y populares, no hayan estado en condiciones y posibilidades de avanzar hacia objetivos mucho más allá de lo que hasta ahora se ha logrado alcanzar.
¿Qué es, entonces, lo que impide, se interpone u obstaculiza que no se haya avanzado más?
Entre los factores que lo impiden, hay que tener en cuenta que la dominación imperial, en su fase neoliberal, globalizadora y unipolarizante, dispone de muchos recursos y medios para asegurar y garantizar que la potencia más grande del planeta detente todavía por un tiempo más la hegemonía mundial y consiga, mediante el uso de la fuerza y la avanzada tecnología de que dispone, que nada cambie o altere la correlación global de fuerzas actualmente a su favor.
Para ello, cuenta con aliados sumisos y obedientes, gobernantes autoritarios y absolutistas, a la vez que débiles e incondicionales, así como de fuerzas y sectores económicamente poderosos y políticos corruptos que no vacilan ni dudan en continuar a su servicio, servirles de apoyo, resueltos a que el estado de cosas en nada sea alterado y que, si algo hay que cambiar, sea para que todo siga igual o peor.
Del lado de las fuerzas contestatarias, pesa, por un lado, la falta de liderazgo y organizaciones en condiciones y capacidad de ponerse al frente y dirigir la cada vez más generalizada ola de descontento e indignación social y popular; y, por el otro, las contradicciones que en momentos de convulsión y agitación se dan entre lo que plantean los maximalistas, lo que proponen los moderados y con lo que se conforman los acomodaticios de siempre.
Lo del golpe de Estado en Egipto, amerita una lectura cuidadosa y darle un seguimiento diario. No se está ante algo ya resuelto. También es cierto que la situación se complica aún más a partir del miércoles pasado y que nada es definitivo hasta el día de hoy. Lo que no está en discusión es que la revuelta de 2011, no avanzó hacia lo que el pueblo se proponía lograr después del derrocamiento del corrupto Mubarak.