El calvario en los buses; tragedias cotidianas


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En horas de la mañana del día jueves 13 de junio, Norma Ileana Álvarez se convirtió en un símbolo más de todas aquellas víctimas mortales de la inseguridad del transporte urbano. Y digo que se convirtió en un símbolo porque en su afán de vivir, de llegar a casa con su familia, intentó algo extremo ante un asalto que ocurría en el bus urbano en el que viajaba.

Pedro Pablo Marroquín Pérez
pmarroquin@lahora.com.gt


En el viaducto de Tecún Umán,  decenas de pasajeros fueron testigos del último acto a través del cual la mujer de 48 años luchó por seguir junto a los suyos; la víctima se lanzó del bus en marcha para librarse del asalto que originó ese acto que le segó la vida. Lastimosamente, al saltar del bus en marcha, fue tal el impacto que tuvo con el asfalto que falleció de forma inmediata.

Y tras eso no puede uno dejar de pensar en las miles de familias que, en silencio y ante la indiferente actitud de la mayoría, en especial aquellos que no tenemos necesidad de utilizar el transporte colectivo,  han tenido que enterrar a sus padres, cónyuges,  hijos o hermanos como consecuencia de actos violentos en el transporte de pasajeros.

Ciento cinco pilotos murieron en 2012 y las autoridades al 21 de mayo computaban ya 71 pilotos asesinados, todo esto sin tener en cuenta los pasajeros que han sufrido la misma suerte que Norma Ileana y que generalmente pasan inadvertidos porque ya nos acostumbramos a esos macabros hechos en los buses.

Y dicho todo lo anterior, no deja de dar rabia que el Estado de Guatemala haya invertido al menos 2 mil 543 millones 300 mil quetzales en forma de subsidio desde 2004 al 2012, cediendo al chantaje de los transportistas que sin esa subvención económica subirían el precio del transporte, como si prestaran un servicio de calidad y con equipo de primera. Con ese dinero destinado al subsidio debieron haber emprendido la construcción de un Metro de superficie y subterráneo.

El Diccionario de la Real Academia Española establece que el subsidio es la prestación pública asistencial de carácter económico y de duración determinada. En Guatemala no se cumple con la primera parte de la definición porque la asistencia es a los autobuseros, ni con la segunda porque aquí se ha perpetuado la figura del subsidio y se ha hecho en gran parte porque los transportistas terminan siendo una herramienta electoral que todo político de turno necesita para la movilización el día de las elecciones.

Resulta que por esa razón los transportistas han podido hacer micos y pericos con el dinero, el cual ha sido motivo de conflictos, pugnas y hasta de muertes de dirigentes, sin que nada termine cambiando por el beneficio de la gente. Ahora el Gobierno se llena la boca diciendo que actúa por la gente más necesitada, pero sabemos que nada cambiará en el tema que nos ocupa porque para todo lo que es y huele a negocio, el gobierno tiene una de las manos más aguadas de la historia.

No digamos el papel que deben jugar el Ministerio Público y el la Contraloría General de Cuentas porque quienes reciben dinero del Estado deben estar sujetos a una fiscalización y rendición de cuentas. Nadie verifica cuántos buses están en circulación y nadie repara en la obligación existente de renovar los tomates viejos que funcionan como auténticas carcachas de la muerte.

 Los políticos de turno y los anteriores han demostrado que no tienen conciencia alguna que les remuerda, a pesar de tanta muerte y dolor, porque nunca movieron un dedo para cambiar las cosas y explorar la posibilidad de diseñar un plan de seguridad que sea sufragado con el subsidio. La Muni, a pesar de ser otra fábrica de negocios y centro de poca transparencia, sí ha logrado que las unidades del Transmetro sean seguras, así que con voluntad se puede lograr.

Solo en Guatemala puede ocurrir que no obstante que prestan un servicio de mala calidad, que los pasajeros viajan en pésimas condiciones y que las unidades no han sido renovadas a pesar que se les ha dado dinero para ello, a los transportistas se les asigne y se les premie con miles de millones de quetzales para que los manejen a su sabor y antojo y, de ajuste, sean un jugador político de peso que termina sirviendo a los candidatos para llegar al poder.

Por la memoria de Norma Ileana y los miles que han sufrido y sufren, las cosas deben cambiar porque con una muerte que evitemos, ya habremos ganado mucho.