El golpe perpetrado por el narcotráfico en Salcajá, Quetzaltenango, revela que la batalla contra la delincuencia se mantiene intacta y que ni por asomo este gobierno ha cumplido su promesa más sonada que consistía en ofrecer seguridad ciudadana a una población cada vez más nerviosa y traumatizada.
El narcotráfico ha dado un golpe publicitario como ellos mismos lo saben hacer. Sus acciones son de novela negra: decapitación de 23 campesinos, asesinato de ocho policías, secuestros, emboscadas… son tan violentos como inescrupulosos. Y los Estados quedan inermes, sin capacidad de maniobra. Atónitos.
No han pasado ni quince días desde que los miembros de la OEA debatieron sobre el narcotráfico cuando los capos han impuesto su lógica. Son dos discursos distintos: el guiado por el razonamiento político y el conducido por la imposición de las armas. Teoría versus praxis. La violencia de los traficantes evidencia que quizá no solo nuestros gobernantes ignoran la filosofía de los traficantes, su modus operandi y perversidad de maquinaciones mentales, sino la forma cómo responder a esas operaciones.
Semejante maremágnum conceptual hace que, por ejemplo, nuestro Ministro de Gobernación se quede perplejo y sin saber qué hacer. Corre en busca de los perpetradores del mal, pero sin un proyecto integral que permita atacar el problema. Nos miente. Dice que tiene controlados a los delincuentes, captura ejemplarmente a algunos de ellos, y nos hace creer que tiene el control de la situación. Nada es cierto. Navegamos en el océano de la incertidumbre.
La población se siente indefensa, a merced de los traficantes de drogas, de las maras y de quienes asaltan buses. Preocupados e implorantes, en busca de un salvador del mundo. Ya vendrá pronto un falso profeta (como Manuel Baldizón, entre tantos otros) a decirnos que tiene la solución a nuestros problemas, y nosotros (el pueblo en general) dispuestos a dejarnos engañar para soñar un hogar mejor.
Si al menos esto hubiera hecho bien este gobierno, tendríamos algo de qué agradecer. Pero no han pasado un examen mínimo y su calificación es mediocre. Se confió en un gobierno guiado por militares y los resultados han sido tan malos como cualquier gobierno civil del pasado reciente.
Este golpe de Salcajá debería ayudar al Gobierno al menos a poner las bases a una solución de más largo aliento. Si no saben dar soluciones inmediatas, al menos deberían proponer ciertas orientaciones que den luz para ver mejores opciones a futuro. Ya podríamos agradecer estas pequeñas luces como mínimo.