El sábado anterior analizamos las relaciones de amistad y musicales de Brahms con Robert Shumann y las expresiones tan elocuentes que el gran maestro del piano se refirió a la obra de Johannes Brahms como un creador de gran originalidad. Bien vale la pena que concluyamos con la carta de gratitud de Brhams ya que expresa la profunda viveza de su espíritu. El maestro concluye su carta de la manera siguiente:
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
El elogio público que ha hecho usted de mí habrá intensificado tanto la atención que el público puede prestar a mi obra, que no sé qué hacer para no causarle una triste decepción”. Como consecuencia del artículo de Schumann, Beitkopf y Härte editaron algunas composiciones de Brahms. Esta música de Brahms es fiel marco sonoro para Casiopea, dorada y sublime esposa, primavera que vino a mi empapando de albas y luceros mi nostalgia. Vivo universo en que me pierdo dulcemente y tierna flor en que se afirma mi alegría.
En tal sentido, la mejor manera de conocer toda la belleza del carácter de Brahms es seguir la correspondencia que sostuvo con Schumann, ya abatido y neurasténico. A Clara Schumann debía Brahms el haber obtenido una situación no oficial en el Teutoburgerwald de la corte de Detmold, lo que le proporcionaba modestos ingresos durante todo el año y se convirtió con el tiempo en su amada inmortal; fue su amor platónico e inalcanzable. En aquel lugar idílico, donde durante tres años pudo estudiar y componer en medio de una paz completa, se despertó en él el amor a la naturaleza.
Creó un coro en la Corte y se inició en la práctica de la dirección. Sin embargo, en esta feliz época sufrió al menos una decepción, el fracaso en Leipzig del Primer concierto para piano. Algunos de entre sus amigos tuvieron la desdichada ocurrencia de redactar un manifiesto contra la música moderna, representada según ellos por la obra de Liszt y de Berlioz (no la de Wagner, como ya apuntamos); Brahms cometió la imperdonable imprudencia de poner su firma en dicho manifiesto.
Dejó Detmold con la esperanza de conseguir la plaza de director de orquesta de la Filarmónica de Hamburgo, pero fue rechazado. Un pequeño capital que había reunido a fuerza de economías hizo posible que fijara su residencia en Viena (centro del mundo musical europeo), como artista completamente libre.
Su primer concierto con obras de Bach, Schumann y de sí mismo, fue un completo éxito, según Hanslick, uno de los críticos de mayor influencia por aquel entonces. Poco después fue nombrado director de orquesta del Conservatorio de Viena, nombramiento que le dio ocasión de desarrollar sistemáticamente su culto por la obra de Bach y Handel.
No obstante, apreciando que no tenía ninguna vocación para las funciones de director de orquesta y después de tres años de haber desempeñado este puesto, presentó su dimisión. Después de que el compositor dimitió del cargo de Director de Orquesta del Conservatorio de Viena, durante los cinco años siguientes se trasladó constantemente de un lado para otro; de esta época es su Réquiem Alemán, obra que le dio una gran fama, y la Rapsodia para contralto. Después de su regreso a Viena, dirigió durante algunos años el coro de la “Sociedad de amigos de la música”, asociación que debe a Brahms su gran prosperidad. Sin embargo, otra persona ocupó el puesto de Brahms. Tres veces todavía se vio tentado a aceptar una colocación estable, pero en todas las ocasiones rechazó la oportunidad que se le brindaba: Simrock, su editor y amigo, había arreglado las cosas de manera que Brahms pudiera componer con toda tranquilidad, independencia y creatividad.