Los extremistas islámicos de Malí vinieron a la celda donde tenían confinado a Isa Alzuma y lo llevaron a la plaza céntrica, donde lo ataron de manos y pies y le amputaron el brazo derecho.
GAO /Agencia AP
«Me desmayé del dolor», recuerda Alzuma, de 39 años y padre de tres hijos, con el brazo cercenado aún envuelto en vendas más de un mes después del suceso. «Cuando desperté ya estaba en el hospital».
Alzuma aún lleva consigo el papel arrugado y gastado que le dieron en el hospital al darle de alta en diciembre tras pasar cinco días allí. El diagnóstico: brazo amputado, dice el documento.
Gao, un poblado en el norte de Malí, ahora celebra la partida de los islamistas radicales que la gobernaron durante casi 10 meses hasta ser expulsados por fuerzas francesas. Sin embargo, la intervención militar llegó muy tarde para Alzuma y las otras víctimas de los feroces castigos impuestos bajo el estricto régimen islámico conocido como sharía.
Alzuma, la última persona en Gao en ser castigada con la amputación por los gobernantes islámicos, no sabe cómo podrá mantener ahora a su esposa y tres hijos. Anteriormente hurgaba entre la gravilla para subsistir.
«Aun para los hombres con dos manos, no hay trabajo», dice Alzuma sentado en una colchoneta en la choza donde vive en Gao, mientras afuera un grupo de chiquillos jugaban lanzándose una sandalia.
Cuando los extremistas islámicos tomaron el poder el Gao en abril, solamente predicaban las bondades de ser buenos musulmanes y de respetar la religión, dice Alzuma. Sólo después, dice, impusieron la sharía.
Al principio, los islamistas pregonaban que los cigarrillos eran nocivos y que la gente no debería fumar. Luego dijeron que las mujeres no deberían salir solas a la calle. Pero luego comenzaron a azotar a las mujeres que salían en público sin el velo. En total, realizaron nueve amputaciones en Gao, dicen los habitantes, y varias más en el poblado vecino de Ansongo.
En noviembre, Alzuma iba en motocicleta desde su aldea a Gao, cuando los yihadistas lo detuvieron y lo acusaron de espionaje. Alzuma lo negó, aseverando que estaba parado en la vía sólo porque estaba arreglando su motocicleta. Más tarde, los extremistas aseguraron que varios testigos lo vieron irrumpiendo en una tienda.
No hubo siquiera juicio, dice Alzuma. Su esposa Fatimata se enteró de la amputación sólo después, cuando un vecino vino a avisarle. ¿Cómo explicarle a su hijo de siete años Ousmane que su papá ya tenía una mano? Cuando fueron al hospital a visitarlo, Ousmane lloró al ver el muñón.
Los habitantes del pueblo le donaron dinero y Alzuma pudo comprarle un velo a su esposa. Ella llegó a ponérselo sólo una vez, dice, antes de que los islamistas fueran expulsados por las fuerzas francesas. Hoy viste un velo color y señala que ahora está más forzada que antes en abandonar el hogar.
De pequeña estatura pero fuerte de espíritu, Fatimata es ahora la que tiene a cargo la manutención de la familia, vendiendo trozos de carbón en bolsas. Es en cierta forma una paradoja: los islamistas deseaban mantener confinadas a las mujeres, pero al amputarle las extremidades a los hombres, obligaron a las mujeres a salir a trabajar.
Alzuma no puede siquiera pagar los analgésicos y va cada 10 días al hospital para que le cambien la venda. Alberga la esperanza de algún día tener una prótesis pero sabe que nunca podrá mantener a su familia como lo hacía antes. «Todos los días rezo a Dios, le pregunto, ‘¿Qué puedo hacer para sobrevivir?, ¿Cómo puedo mantener a mi familia»’, expresa.
Los extremistas islámicos dicen que le cortaron el brazo en cumplimiento con los preceptos religiosos de la fe. Alzuma, sin embargo, dice que obligar a su familia a vivir en la miseria no se ajusta a ninguna religión. «Se llaman musulmanes, pero no lo son, son criminales», declara Alzuma.