La vida es la esencia de la humanidad y el respeto por ésta es el cimiento de la civilización y el desarrollo social. Por eso, acabar con una vida humana nunca podrá ser, a mi juicio, una acción aceptable o digna de reconocimiento.
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Sin embargo, me guste o no, siempre habrá personas decididas a acabar con la vida de quienes todavía no nacen; es decir que no faltará quienes se practiquen abortos inducidos aun cuando las leyes lo tipifiquen como un delito.
Por eso considero que esta realidad innegable, en vez de confrontarnos, nos debería conducir a un diálogo sobre cómo responder ante problema del aborto de una manera amplia, empezando por la búsqueda de una estrategia para evitar los embarazos no deseados o prematuros.
A mi criterio, asumir posturas radicales a favor o en contra no solucionará el problema, ya que las mentes cerradas que solo pueden entender el fenómeno desde una perspectiva moral o liberal no propician un diálogo saludable.
De esa cuenta resulta totalmente incomprensible la actitud de las personas que aplaudieron al presidente Otto Pérez Molina cuando rechazó la idea de legalizar el aborto, con el simple y vacío argumento de que “Guatemala es un país conservador”.
No veo la razón para festejar, porque la prohibición que defiende el Presidente no soluciona el problema, solo lo esconde y, además, propicia que continúe la actividad de forma clandestina y desregulada, lo que significa que los abortos continuarán en marcha y que la vida de las mujeres continuará sometidas a situaciones de alto riesgo.
Por otro lado, argumentar que se rechaza esa propuesta porque “Guatemala es un país conservador” implica que el Presidente no toma las decisiones con fundamento científico o con un análisis crítico, sino que más bien lo hace para quedar bien con una sociedad conservadora, que dicho sea de paso, no se caracteriza por sus buenas elecciones en la política y otros temas.
El Presidente debe entender que no se trata de legalizar o castigar el aborto, o de quedar bien con sus electores, sino de pensar en las mujeres que no están dispuestas a dar a luz el fruto de una violación o de las jóvenes que resultaron embarazadas por la falta de acceso a métodos anticonceptivos. Para ellas tiene que buscar alternativas y soluciones viables, y no para los grupos ultraconservadores.
Realizar un análisis sobre la raíz del problema para establecer estrategias de respuesta no es una tarea fácil; enfrentar este tema requiere un verdadero compromiso y valor para aceptar el costo político que pueda acarrear una decisión que no satisfaga a los grupos de presión.
A mi criterio, la apuesta debe ser por la educación sexual y reproductiva, alejada de cualquier influencia moralista o idealista, para que todos los ciudadanos y ciudadanas tengan el derecho a elegir la forma en que consideran correcto conducir su vida.
Independientemente de que sea una práctica legal o un delito, o que se interprete como un derecho de la mujer o un acto inmoral ante “los ojos de Dios”, en Guatemala se realizan abortos de manera recurrente y clandestina. Es una realidad innegable y cuanto antes se tiene que buscar una solución para este problema, a partir de un diálogo franco y científico.