La lucha continúa, no para. Hoy estamos en el octavo gobernante y las cosas no cambian mucho. Todos han sido irresponsables, todos han sido negligentes, ninguno tuvo una visión distinta de su gestión. Mucho anuncio, pocos resultados; mucho ruido pocas nueces. La situación del país continúa siendo mala, a pesar que la economía sigue creciendo poco, las cosas en otros ámbitos no dan para estar feliz. Ninguno de los poderes del Estado resiste el análisis, ninguno pasa el escrutinio después de 26 años de período democrático.
Los representantes del Ejecutivo desafortunadamente saben a lo que van. A terminar enriquecidos y sin problemas financieros para el resto de sus días y cubiertas varias generaciones familiares, poco hablan de lo que hicieron, principalmente si lo hicieron bien. Seguramente muchos de ellos hoy saben que se equivocaron, que pudieron haber hecho más, pero al sentirse cómodos en su nueva posición financiera, se hacen de la vista gorda y continúan con su vida, como si nada hubiera pasado.
La democracia sigue en deuda con todos. No conseguimos tener una trayectoria con certeza, no conseguimos sentar las bases para el crecimiento económico permanente y creciente; no sabemos con claridad hacia dónde vamos como país. Si nos atenemos a las gestiones de nuestros gobernantes, ninguno hizo un trazo calculado, real y objetivo de hacia dónde nos llevaría en su período. ¿En dónde estuvo el error? Seguramente las precariedades eran tantas, que pretendieron hacer de todo un poquito, pero se perdieron, se dispersaron, no encontraron el camino y terminaron así, con resultados magros de sus gestiones, con una sociedad que no es sujeto de mejorar, sino al contrario de deteriorarse cada vez más. Posiblemente era mejor pretender hacer cuatro o cinco cosas, pero hacerlas bien. Pero al contrario se persistió en conducir un equipo de gobierno sobre la base de instituciones precarias, rebasadas por la realidad y también sin claridad de su verdadero y moderno quehacer. Nos quedamos con las estructuras públicas de los gobiernos militares, así como la estructura presupuestaria que para aquellos años eran contrainsurgentes y las convertimos sin pensarlo, en el arquetipo de instituciones de gobierno, sin modificar nada. Grave error.
Los ciudadanos estamos sujetos a estos desafortunados vaivenes, sin poder hacer nada. Lamentable conclusión, dolorosa pero cierta. No existe un deseo real por parte de los regímenes de gobierno de cambiar el estado de las cosas. El apremio por el enriquecimiento ilícito sigue siendo el nodo fundamental de los nuevos gobernantes y luego viene lo demás, por inercia, por añadidura.
Por eso hoy tenemos los gobiernos que tenemos, sin luces, sin claridad, sin resultados concretos. Hoy contamos con un Congreso que se quedó dormido por seis meses y sin nada que hacer, descansando en una retorcida y espuria interpelación pero que esconde la podredumbre, pues no se quiere modificar la Ley Electoral y de Partidos Políticos, no se quieren las leyes de transparencia, no se quieren modificar otras leyes como la de minería y otras. Es difícil saber hacia dónde vamos como país, lo que sí es cierto es que estamos mal, mejor dicho, realmente jodidos.