El infiel y el alcohólico


julio-donis

Apurado para atravesar la ciudad de norte a sur decido alzar la mano al primer taxi que pasaba por el lugar. Mi apuro nada tiene que ver con el ritmo al que avanzaba aquel piloto joven en el clásico auto blanco pequeño. Aún sin concluir su almuerzo improvisado, el piloto se detiene frente a mí y no pregunta mi destino, tampoco ocurre la usual negociación previa sobre el costo del viaje, parecía imbuido en una inercia interminable de recoger, llevar y dejar clientes a destinos que no importaban.

Julio Donis


Me siento a la par en el asiento del copiloto, evitando la estampa servil de chofer y conducido; trato de establecer plática con el conductor lanzando el tradicional comentario sobre el tráfico o sobre el clima. Él me devuelve a cambio una pregunte inusual. ¿Por qué los hombres somos tan infieles?  De fondo a nuestra conversación que duraría todo el trayecto, se escuchaba el programa Cantina Mix con una delicada selección de las mejores baladas corta venas y contra el mal de amores, desde Los Temerarios hasta El Buki. El piloto se emociona y trata de compartirme la misma identificación con su programa favorito en la radio, era pues el fondo perfecto para su elucubración. A partir de ese momento su relato recrearía con lujo de detalles y hasta la incomodidad, el desgaste y ocaso de su relación de matrimonio con la persona que desde muy joven habría de engendrar un par de niños. Una vida institucionalizada le llevarían a casi concluir una relación que por deducción propia, no pasaba de diez años. Me cuenta el amorío con una segunda y una tercera persona, todas al mismo tiempo.  En sus palabras trata de justificarse, del autocuestionamiento pasa a la autocomplacencia. Mis argumentos sobre su inminente machismo y el ejercicio de poder patriarcal de su rol no permearán jamás su convicción. Mientras tanto Cantina Mix concluye, llegamos a mi destino. No hay negociación para un viaje que no tiene precio. El Día de la Madre otro piloto me prestó el servicio en un viaje hacia una realidad cruda y dolorosa, la suya, la de una persona sobreviviente del alcoholismo. Sus primeras palabras son de despecho amargo, uno le hace caso a la madre hasta que ésta ya ha fallecido. Luego me relata que lo común en su vida era beberse de desayuno, un octavo o un cuarto de guaro, trabajar hasta las diez de la mañana, luego parquearse y dormir hasta la tarde y recoger más clientes en el camino, para luego al final del día concluir con más guaro y caer postrado. El testimonio del taxista era el de un AA que relataba con amargura, pero a la vez con conciencia, la responsabilidad de haber ahogado en alcohol su vida, la de su familia y la de sus amigos. Entre otros incidentes, me relata la violencia en las que desembocaban sus borracheras, sin capacidad de reconocer amigos o familiares, emprendía a golpes y amenazas con el que se atravesara. Al momento del relato, la pareja del piloto preparaba sus maletas para dejarlo, su hija también le abandonaría. Me dice que ha encontrado sosiego en la continuación de sus estudios formales, me dice que estudiar es más reconfortante que la ilusión efímera que proveen las iglesias cristianas. Le ánimo y le trato de compartir hechos parecidos en mi familia. El viaje termina y me agradece. Me bajo y compruebo otra vez, la combinación terrible de una sociedad conservadora con un Estado débil.