El pasado miércoles 20 de junio, en la Librería Sophos hubo una lectura de poesía, con los escritores guatemaltecos Alan Mills y Javier Payeras. En esta ocasión, León Aguilera Radford hace una crónica de lo ocurrido. (Nota del editor)
Alan Mills (Guatemala, 1979) incursiona con estos fragmentos, de una obra inédita suya, en la narrativa poética y experimenta con el discurrir psíquico, esa incontrolable manera como nos habla el inconsciente, que él convierte en una arte que expone a un notable experimentador de la palabra y el simbolismo.
Por su parte, Juan Pablo Dardón (Guatemala, 1976), uno de los novísimos, nos lleva con su poema a un profundo reclamo existencial y absurdista que intenta asir algo de la realidad, antes de pensarla y declararla caótica y desesperanzada: un tema recurrente en la poesía pero raras veces tratado con tanta enjundia y poder como en este caso.
De Alan Mills
voy aquí, en las nubadas, y no veo ningún abajo capaz de representarme, ni hacerme la horma, no imagino mis pies en la tierra, sigo en vuelo y apenas diviso esos puntos como hormigas moviéndose, señalando mi fuselaje, este esqueleto mío, tan de lujo, distante para ellos, ratas, animales de corretear en su mismidad sin cielo, destinados a ver arriba por culpa de la bulla que traigo, a causa del susto o achicamiento ante su muerte, sombra que se les acerca y será tan suya, como lo que más, como mías mis alas en la cabina presente, el timón en mis manos, mío este limbo áureo que respiro, todos los fuegos servidos, el racimo suelto, con tal fibra y pulso, prestancia o carácter, y mi falo palpitante en cercanía, a toda máquina, voy aquí, brioso, piloteo sin ver, juego, hago piruetas en el aire dibujando pánicos, vuelo, penetro la ventisca para ser algo más que esos puntos imprecisos huyéndose allá abajo, salvados apenas los unos de los otros y, sí, mira: parece que se muerden, y son crueles a la distancia
(síncope vi
podría gritar beber de tu sangre que me dejes mamá se está volviendo creo que podría gritar que me dejes mamá beber de tu podría me creo se está volviendo gritar loca que me dejes tu sangre beber mamá se está loca volviendo podría gritar que me dejes beber de tu sangre loca volviendo está se mamá que creo que mamá podría beber de tu sangre se está volviendo loca podría gritar beber gritar beber de tu mamá gritar de tu sangre creo que podría mamá me dejes beber mamá tu sangre mamá podría gritar se está volviendo loca podría beber beber tu sangre beber tu sangre loca loca mamá tu sangre se está volviendo podría loca me dejes loca me dejes loca me dejes )
maese Perro, ládreles mientras cogen en ese hotel tan sucio, maese, porque ya no lo soporto, así al menos el ruido y esta porfía quizás rocen algún dulzor para mis adentros, ella se pegó al otro, de ahí que me ofenda tanto su silencio, estoy de pie junto a la ventana y han decidido no gemir, menosprécienme cabrones, yo hablaré con maese Perro aquí afuera de este hotel tan shuco, sí pisados, mancillen mi amor, sáquense fotos velludas y luego mándenmelas por Hotmail, pero griten, quiero escucharlos tras los ladridos de mi Perro, necesito un barullo tremendo, deseo escuchar esos jadeos con que me burlan, ládreles maese, aquí muerdo
De Juan Pablo Dardón
esta tarde es la tragedia a dos manos
esas que odio por su manera de regresarme a vos
todo bien en la vida y viene un poema a destruir la ciudad
a dejarte plantada en la nada y la ruina
qué vergí¼enza ser un fantasma
para aquellos que siempre buscamos la carne
las fronteras se superan y también los cuerpos
pero hay un barrio, unas piernas, que siempre quedan
a pesar del tráfico y los peatones
y de hiroshima (la ciudad con nombre de música)
y de las palabras
que poco a poco se desvanecen
como aquellas que nos dijimos hace años
y que hemos sostenido
a pesar de las ganas que tengo de abrazar al mundo
como un oso
y agitarlo, agitarlo
–
cuando llueve la ciudad se incendia
y roma renace de las cenizas de nerón
es la antigua venganza de la locura
cuando la gente corre y se esconde en los dinteles
comercios y vientres de mujer
(al otro día ellas sonríen
preñadas de las espesas gotas del diluvio)
desde esta esquina miro al mundo rendirse
a la inundación de las llamas
mientras una espada hiere la entraña de todos
y nos quedamos quietos sintiendo el dolor
su caricia fría en la espalda
que moja los pies
–
a veces el peligro llama a la puerta y toca la cara
con dedos ligeros
y los amigos invisibles llaman a la cordura
entiéndase
ponen sobre la mesa todo aquello que perderíamos
de no hacerle caso al llamado al grito inmenso
de hacernos a las aguas y a las tierras incógnitas
que yacen afuera como cuerpos esperando las manos
amorosas
pero eso sí siempre y cuando quebremos el vaso que es el miedo
de entregarnos y nunca dejar de hacerlo
nunca