Todo cayó en la polarización, todo terminó en la descalificación, todo conllevó al desprestigio. El juicio contra nuestra historia más oscura sacó a relucir los lados más oscuros, sacaron su peor lado conservador, cualquier atisbo de crítica es un signo de izquierdista, para descalificar.
Lamentable actitud, todo el uso de la vieja escuela de inteligencia, descalificar, desprestigiar, “sacar trapitos al sol”, para aplacar al supuesto oponente. Todo el esquema de la Guerra Fría resucitado y sacado a desempolvar para golpear, para dañar, para herir donde duele más.
Comunicados de diferente tipo, personajes variados, se convirtieron en sujetos de una campaña lamentable apuntalada por organizaciones nunca vistas anteriormente, editoriales malintencionados, se dieron a la tarea de destruir, de esconder resentimiento, de tratar de demostrar patriotismo, pero en realidad solo mostraron su verdadera y mala esencia.
Hubo de todo, hay de todo. Algunos pudieron jugar un papel más digno, más decente, buscar el equilibrio, permitir el libre ejercicio de la justicia, pero al contrario, pretendieron inducir al miedo, como para creer que con el uso de la traición a la democracia y los Acuerdos de Paz bastaría para arrinconar ese famoso juicio contra la historia, negando la ignominia más evidente de un pasado terrible, lleno de acciones demenciales.
Todos convergieron en un esfuerzo inédito para acallar la opresión más infame del propio Estado, para eludir la verdad más amarga, para defender a un general desprestigiado, que ciertamente los defendió contra la supuesta maldad comunista.
La justicia no se puede hipotecar, pignorando la paz; ni la paz puede ser sujeto de gravamen en pos de la justicia, para nada. La justicia constituye uno de los nodos fundamentales de reconciliación, luego de la memoria histórica, por lo que la misma debe estar libre de tóxicos ambientes y de presiones inusuales. Se debe respetar el debido proceso, se debe buscar el juicio justo –aunque en su momento los hoy juzgados lo negaron-, se debe permitir que los jueces actúen bajo su criterio profesional y apegados a derecho.
El Estado de Derecho se funda en una democracia que permite enderezar juicios, en profesionalizar procesos, en emitir sentencias en el marco del Derecho, enarbolando la bandera de la justicia. La justicia abona para la paz, le inyecta de certeza, le provee de fuerza, la dota de condiciones para profundizar la democracia, el Estado de Derecho y consolida la paz social. Nada de hipotecar una por la otra o pignorar la segunda por la primera, ese es un enroque malicioso y que depara malestares en el tejido social, que abre heridas profundas y que no constituye el equilibrio en la democracia.
El desequilibrio de nuestra matriz social es estructural, permanente y doloroso; el desbalance político en nuestro sistema político es corrupto por principio e irresponsable por definición; el desfase económico ha sido el resultado de un proceso histórico en donde la injerencia de las élites ha sido imprudente y basado en privilegios y la debilidad del Estado solo es la expresión de una conducción malintencionada y de gobiernos dóciles y vendidos al mejor postor.
Nadie sabe qué va a pasar en el juicio contra la historia, lo que sí es que la mayoría de la población pudo observar cómo se mueven los cuerpos fácticos y quiénes son sus mejores representantes. La democracia, la paz social y la sociedad demandan transparencia, requieren de credibilidad en las instituciones, sin presiones, ni injerencias. Se necesita valor para comprender el valor de la democracia, la trascendencia de un sistema judicial independiente y sin corrupción y de ciudadanos que respeten el Estado de Derecho, principalmente en una sociedad fracturada como la nuestra. El Sistema de Justicia tiene la última palabra, sus organismos deben juzgar apegados a derecho, su sentencia se debe respetar, cualquiera que sea.