La beatificación de monseñor Romero


Oscar-Clemente-Marroquin

Hablar en América Latina de monseñor Oscar Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado en pleno ejercicio de su función sacerdotal, es como prender nuevamente los odios de la Guerra Fría en Guatemala hablando de si hubo o no hubo genocidio y crímenes de lesa humanidad durante la guerra. Monseñor Oscar Arnulfo Romero no era uno de los teólogos de la liberación, pero como sacerdote había conocido seriamente la miseria y las necesidades del pueblo más pobre. Y más que eso, cuando fue nombrado obispo, supo de primera mano de las acciones represivas que se realizaban contra sacerdotes que se preocupaban por los más pobres.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Le tocó, sin embargo, vivir en una época muy difícil para un obispo como él, comprometido con las necesidades de su pueblo y valiente para denunciar las atrocidades de una guerra muy sucia. Sin duda que si hubiera vivido aquí, su nombre estaría entre los nuevos listados de los comunistas que se publican por estos días en Guatemala, aunque los estudios sobre su vida, su obra y sus documentos eclesiásticos demuestran que era un sacerdote absolutamente fiel a su credo y a la doctrina social de la Iglesia, misma que parte del supuesto de que si todos los hombres somos hijos de Dios, somos iguales en dignidad y derechos y merecemos ser tratados como tales, sin excepciones causadas por su condición social, cultural o política.
 
 Digo que su época fue muy dura porque coincidió su lucha con el acuerdo más importante que se produjo geopolíticamente en el siglo pasado, cuando el coronel Vernon Walters, viejo conocido de los guatemaltecos por sus constantes visitas a Romeo Lucas cuando era presidente, negoció en nombre de Ronald Reagan con el papa Juan Pablo II para apoyar de manera abierta y directa al movimiento Solidaridad en Polonia, a cambio de que el Vaticano condenara no sólo la teología de la liberación, sino a cualquier cura que estuviera comprometido con la opción preferencial por los pobres. Y Romero se resistió a las órdenes de la curia romana porque veía lo que estaba pasando en su país y la forma en que operaban los escuadrones de la muerte.
 
 Llamado a una entrevista con el Papa en Roma, fue deliberadamente humillado durante casi tres semanas en las que lo tuvieron esperando a que Juan Pablo II quisiera recibirlo sin que nadie le diera una explicación del desinterés papal luego de haberlo citado. Cuando pudo hablar con el Papa le presentó el caso de lo que ocurría en El Salvador y la respuesta fue una dura reprimenda.
 
 Su asesinato conmovió al mundo entero porque pocas veces el salvajismo de radicales políticos había llegado a cortar la vida de un Obispo precisamente en el curso de la celebración eucarística. Llama la atención la tibia reacción del Vaticano ante la noticia brutal del asesinato y la falta de una condena enérgica para los escuadrones de la muerte identificados como responsables del crimen.
 
 Cuando se inició la causa de la beatificación de monseñor Romero, hubo desagrado en esferas de la curia porque reconocerle alguna cualidad beatífica al sacerdote y arzobispo era reconocer las deficiencias de la curia romana y del mismo papado para entender su papel y responsabilidad como pastor de un pueblo afectado por la guerra.
 
 Y la causa fue detenida por órdenes superiores. En ese mismo Vaticano donde se habían puesto de moda las canonizaciones exprés y donde en cuestión de meses eran elevados a los altares los de la foto, los promovidos por las sectas más influyentes, la causa de monseñor Romero fue frenada como un mensaje para ratificar el sentido papal de la justicia social.
 
 Y hoy se sabe que el papa Francisco ordena reabrir la causa de beatificación de Romero. Un nuevo y acaso el más trascendental mensaje enviado por nuestro nuevo Pontífice.