Jonathan Ardón: al filo de la línea


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Un buen dibujante no puede engañar (se): la línea es, en esencia, el camino que toma la imaginación para dar forma inteligible a los seres y objetos que aprehende o inventa, ya sea para describirlos o para expresarse a través de ellos.

Por Juan B. Juárez

A mitad de ese camino, entre la realidad y el entendimiento, la naturaleza imaginativa del dibujo participa tanto de la plenitud de la imagen como de la transparencia del concepto, en proporciones que varían de acuerdo a las intenciones del dibujante. 

En todo caso, el dibujante siempre estará empeñado en que sus líneas precisen, más que el aspecto objetivo de una exterioridad, el concepto de lo que quiere “dar a entender”. 

Así, un dibujo, ya sea didáctico, realista, fantástico, esquemático o proyectivo, es un cruce de líneas que vienen, por la vía de la imaginación y del intelecto, de una compleja y profunda experiencia existencial y que se dirigen, como imagen y concepto, intencional y consecuentemente al entendimiento de otro ser humano.

Tal el caso de Jonathan Ardón (Guatemala, 1989), un artista de la línea en proceso de formación, a pesar de que por estos días expone sus dibujos en la galería de Rozas Botrán,  a la par de los de Ramón Ávila, un lúcido y experimentado dibujante. 

El asunto es que, por lo que el dibujo pone o puede poner en juego, la etapa formativa y la maduración de un artista gráfico usualmente es bastante prolongada. 

No es sólo la técnica y la habilidad lo que deciden la competencia de un dibujante sino también la riqueza y la calidad de lo que contiene su imaginación, de manera que hace bien el joven artista al avanzar con cautela, absorbiendo lentamente lo que puede aprehender de sus vivencias y su entorno y lo que le ofrece la tradición local y universal del dibujo. 

Y es en este punto —y Jonathan lo sabe— donde no es posible engañarse, pues la imaginación únicamente puede delinear lo que habita en su interior.  La línea, el dibujo no pueden existir si no es emergiendo de la imaginación.  Lo imaginado y lo imaginario no constituyen la mitología íntima de un individuo por genial que sea, sino que son creaciones ciertamente personales que el dibujo no sólo contribuye a configurar sino, además, volverlas colectivas y activas.  El dibujo, entonces, deviene en lenguaje, y como tal, eventualmente en objeto de un cultivo consciente y disciplinado no sólo de sus formas expresivas sino también de sus propiedades analíticas, creativas e intelectuales.  Tal es la etapa en que se encuentra nuestro artista.

Una buena parte de sus dibujos está orientada a indagar en su interioridad, que por cierto ve sin hacerse muchas ilusiones.  Sus autorretratos irónicos y desencantados testimonian la persistencia de los prejuicios y la disolución de sus ideales formales.  Centrado en él mismo, asume la responsabilidad de sus fallos humanos y evita el juicio moral, sin embargo, tales autorretratos son tan auténticos y sinceros que lo que reflejan y “quieren dar a entender” involucran a cualquier espectador. 

Y en efecto, su línea indagatoria capta no sólo una deformación irónica sino propiamente un estado existencial de inconformidad que alimenta, por un lado, su rebeldía juvenil y, por otro, la propensión a expresarse por medio de imágenes simbólicas en las que concentra cierta rabia, atada sin embargo a un ritual que la expresa y la apacigua al mismo tiempo, dejando en el aire la amenaza —y el temor— de una agresión latente que contamina el espacio vital.

Por otro lado, su fantasía de dibujante juega, y las líneas finas y precisas liberadas a su impulso se deslizan dejando sobre el papel rastros huidizos de presencias presentidas que empiezan a desalojar el espacio en construcción de su propia vida creativa.