Anoche, cuando regresaba a mi casa, en la 24 calle y Avenida Bolívar me topé con un taxi de color verde que frenó intempestivamente para recoger a un pasajero que, maleta en mano, lo había detenido en uno de los lugares más inadecuados imaginables para hacerlo por la peligrosidad e interrupción del tránsito provocado. Seguramente no era un taxi “autorizado” ¿Y qué? Si al fin y al cabo aquí todo el mundo en materia de transporte individual o colectivo puede hacer lo que le venga en gana. Para corroborar lo anterior, a la cuadra siguiente, no uno, sino cinco buses articulados del Transmetro Municipal seguidos bloquearon el crucero durante tres cambios consecutivos del semáforo.
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Sin remedio, con la pésima clase de servidores públicos que tenemos, el pasajero tiene que hacer malabarismos mañana, tarde y noche para poder llegar a su destino. No importa cuánto dinero tenga en la bolsa, que si no cuenta con helicóptero le será imposible cumplir con llevar el pan diario a su hogar porque a cualquier cantidad de gente se le ocurre bloquear hasta la misma puerta de entrada de la Casa Presidencial que nadie le dice nada, ni siquiera el pelotón al mando de un oficial, con arrugado uniforme nuevo, es capaz de acercarse a la mara de que se trate para rogarle encarecidamente que deje pasar a tanta gente porque si no trabaja no come, salvo que fuera diputado.
El alcalde ni siquiera da la cara, manda a su vocero para que diga ante cámaras y micrófonos, con un reglamento en mano que dice regir el funcionamiento del transporte colectivo que se hará cumplir a cabalidad. Vaya cinismo y desparpajo para no cumplir con sus deberes. Pero así, sin remedio, el usuario del transporte colectivo en el país lleva muchísimos años en las mismas. Sale de su casa a pararse a la esquina con la anticipación necesaria y no hay modo que tenga la certeza de encontrar un vehículo que lo pueda transportar, al precio que sea, de manera cómoda, segura y rápida a donde se dirija. Dan ganas de ser un personaje peliculero de tantos que con toda la fuerza bruta del mundo pudiera amontonar vehículos, chatarra, choferes, brochas, dueños y autoridades en una esquina y les prendiera fuego para acabar de una vez con todas con el relajo existente.
Seguimos sin encontrar remedios al tránsito y al problema del transporte no sabiendo qué hacer, porque llámese presidente, alcalde, ministro, magistrado, diputado, procurador, jefe o superintendente, absolutamente ¡Nadie! Ha sido capaz de entrarle a buscar una o más soluciones del tamaño que sean, contando con montón de recursos disponibles y necesarios para resolverlo de una vez por todas. Porque hemos visto circular chorros de dinero por manos de tanta gente y autoridades durante tantos años, que cada quien que pasa solo agarra su montón y ¡El que venga detrás que arree!