Agronomía y economía campesina: lógicas en diálogo


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Hay más de medio millón de hogares campesinos en Guatemala según datos del INE. En el campo es asunto cotidiano y común la relación entre técnicos y profesionales de la agronomía con las formas de vida campesina, ya sea en procesos de desarrollo comunitario o en empresas donde el campesino vende su fuerza de trabajo.

Pablo Sigüenza Ramírez


El plan de estudios 1980 de la Facultad de Agronomía de la Usac, al incluir cursos y prácticas de campo con contenidos de ciencias sociales, pretendió dar herramientas a los estudiantes, futuros profesionales, para acercarse de manera adecuada a la realidad del campo. Grave error de las medidas de reforma curricular de 1998 y 2005 fue menospreciar y por tanto reducir la carga de ciencias sociales en la formación profesional.  Dichas reformas estaban motivadas por las mismas políticas neoliberales que, en el plano de la institucionalidad pública, redujeron el sector público agrícola a su mínima expresión dejando al Ministerio de Agricultura en trapos de cucaracha en los últimos 15 años.

Pese a los encuentros cotidianos que el gremio agronómico tiene con las formas de vida campesina, hay fuertes prejuicios que no permiten conocer, aprender, ni entender los razonamientos lógicos que sustentan las formas de producción y reproducción de la unidad familiar campesina. No sólo en este gremio, sino en la sociedad urbana, se tiene la errónea percepción que la vida campesina consiste sólo en sembrar maíz, sentarse y esperar que crezca. Hay un imaginario que tilda de atraso y pobreza natural al campo.
Hay que empezar a deconstruir ese imaginario y reconocer que, por el contrario, la economía campesina es poliactiva: no es sólo producción de granos básicos o sólo agricultura. Una misma familia campesina también desarrolla actividades en el comercio, en la construcción, en el cuidado familiar, comunitario y ambiental, en la artesanía, el turismo, el arte y los servicios urbanos. Nada hay más dinámico que el campo. Nada hay más explotado que el campesinado. La pobreza en el campo es resultado del desigual acceso a activos productivos, injustas condiciones de empleo y falta de oportunidades de desarrollo.
Las prácticas de producción campesina están determinadas por lógicas económicas diferentes a la racionalidad económica occidental: prioriza el máximo rendimiento de la parcela en su conjunto y no de un cultivo en específico, es una lógica antirriesgo y por eso diversifica (no se ponen todos los huevos en la misma canasta). A esto se suman los patrones de consumo, elementos de cosmovisión y satisfactores subjetivos como la posibilidad de alimentar a la familia con lo que ofrece el trabajo propio en la parcela. Al quitar los prejuicios entenderemos que son decisiones totalmente racionales.
Quizá en este último elemento es en donde la Facultad de Agronomía debe dar un giro total en sus enfoques de enseñanza. Durante décadas, generaciones de agrónomos se han formado bajo el principio económico de maximizar la productividad por unidad de área mediante el incremento de los rendimientos de monocultivos. Hoy no se puede negar que esa lógica de producción ha tenido graves impactos en el deterioro de la calidad de vida y del ambiente. Esa racionalidad tampoco ha permitido entender las lógicas de vida en el campo.
La Usac tiene una verdadera oportunidad de revolucionar la forma de hacer ciencia, tecnología y extensión universitaria. La ventaja es que al ser una institución pública, debe hacer uso de su autonomía frente a intereses corporativos, para reflexionar sobre los principales problemas de la población rural guatemalteca y hacia allí orientar los esfuerzos y recursos financieros. “Ciencia con conciencia” en palabras del connotado ingeniero Aníbal Martínez.