Comenzamos por el General


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Examinemos hoy los motivos que tienen los amigos de la impunidad y quienes en su fuero interno se consideran lumbreras, críticos y ecuánimes cuando juzgan eso que llaman “realidad”. Tratemos de entender las razones por la que defienden a Efraín Ríos Montt y descubramos sus argucias, expuestas como jauría en la mayor parte de los medios de comunicación social que han invadido.

Eduardo Blandón


Entendamos que ellos tratan de confundir, en primer lugar, juicio que busca venganza, inspirado en ideologías de izquierda o “comunistas”, como ellos dicen muy a lo “Barney”, con juicio que reclama justicia. No niego que en algunos existan sentimientos de odio, por otra parte quizá entendible si consideramos que pudieron padecer el yugo monstruoso del exjefe de Estado, pero de lo que se trata ahora es aplicar la justicia a un personaje que según apuntan los testimonios fue nefasto.

Los prestidigitadores de la pluma que defienden al viejo triste de los tribunales tienen mala voluntad y conscientemente tratan de engañar a la opinión pública. Dicen que los agraviados deben olvidar el mal que padecieron y que el perdón debe prevalecer por sobre todas las cosas. Tocan sentimientos cristianos, esa vena poderosa y tecla sensible de la población guatemalteca, para escamotear la justicia y poner punto final a un capítulo ominoso de la historia reciente.

Por otro lado, con el argumento de que la ley debe aplicarse a todos, guerrilleros y comandantes, piden que miremos a otro lado –otra vez para distraer nuestra atención y salir airosos-. Diríamos que su petición será recogida: pero empezaremos primero por el pez gordo. Necesitamos imponerle la ley al personaje que se burló de ella e hizo con su vida y la de los demás lo que le dio su regalada gana.

Los estetas de la impunidad son un caso clínico. Los reyes de la contradicción. Defienden a Israel y se lamentan del holocausto: son reptiles de la comunidad judía, pero cuando se trata de otros crímenes horrorosos, voltean la vista, se hacen los locos e ingenian argumentos que no se lo creen ni ellos mismos. Son capaces de hablar de las exigencias del desarrollo en un foro y pedir cabizbajos por los pobres del mundo en sus templos, pero le niegan a los excluidos de su país oportunidades mínimas escamoteando miserablemente los impuestos.

De modo que, mi querido lector, no se deje llevar por las columnas de la jauría de pseudo intelectuales que defienden al General de la triste mirada. Piense que ellos en el fondo de su corazón desprecian al prójimo (con sus admirables excepciones), abominan la justicia y se sienten propietarios de la verdad. Son ellos quienes desean la aplicación de la justicia selectivamente: jamás para ellos.

No se olvide nunca que el General no estuvo solo: son los padres o abuelos de los pimpollos que ahora se expresan en diversos medios, quienes apoyaron el terror, abogaron por la mano dura o simplemente callaron cómplicemente los desmanes del gorila ahora juzgado. Empezamos por el General, más adelante quisiéramos ir por todos los demás.