Paraí­so del mal



La grave denuncia formulada ayer por el diputado Manuel Baldizón, en el sentido de que en Chiquimula está operando una banda bien organizada que secuestra niños para traficar con órganos, podrí­a parecer extraí­da de una pelí­cula de terror, ciencia y ficción, pero lamentablemente hay demasiados indicios de que ello está ocurriendo realmente porque el nuestro es un paí­s que se puede considerar como paraí­so para hacer el mal. Desde asesinatos hasta los más burdos actos de corrupción, aquí­ todo delito queda impune y por lo tanto los criminales pueden organizarse a placer para hacer cualquier tipo de acciones.

En Chiquimula existe, realmente, una gran preocupación de la gente por la cantidad inusual de secuestros de niños, lo que confirma los temores expuestos por el miembro del Congreso al afirmar que teme la existencia de personas que trafican con órganos. No es fácil realizar ese tráfico y se requiere de sofisticación, así­ como de un buen mercado para acoger los órganos que puedan ser obtenidos de esa forma.

Es una pena que este tipo de cosas tenga que ventilarse a niveles eminentemente polí­ticos porque debiera ser la función esencial del Ministerio Público y le debiera corresponder a los fiscales el manejo de una situación delictiva como la que fue denunciada. Pero a falta de interés, preocupación o capacidad del MP, es natural que los polí­ticos sean quienes terminen involucrados en estos temas que, además, pueden darles importantes créditos. Podrá alguien criticar que se haga «aprovechamiento polí­tico» de una cuestión no sólo delicada sino además polémica, pero el hecho cierto es que han secuestrado niños en una región del paí­s en cantidad alarmante y que nadie ha movido un dedo para investigar o hacer algo.

Muchas veces se ha dicho que no es técnicamente sencillo realizar el tráfico de órganos, pero muchas entidades serias señalan que ese tráfico existe a nivel internacional y que los paí­ses proveedores son generalmente aquellos del tercer mundo en donde hay menores controles, mientras que los paí­ses receptores son aquellos del primer mundo que poseen la alta tecnologí­a no sólo para hacer trasplantes, sino también para instruir a los delincuentes sobre cómo extraer los órganos, conservarlos y transportarlos en el menor tiempo posible.

Sabemos que la historia puede despertar mucha suspicacia porque, repetimos, existen desmentidos que indican que se tratarí­a de algo demasiado complejo como para hacerlo viable. Sin embargo, sabiendo que hay secuestros y que nuestro paí­s es un paraí­so de impunidad, donde todo se puede hacer sin temer consecuencias, nos coloca en la posición de pensar que si ese tráfico es posible, seguramente que nuestro paí­s será utilizado por los delincuentes para materializarlo.