Guerrilleros y militares, pobres y ricos, rurales y capitalinos, socialistas y capitalistas, indígenas y ladinos… las desigualdades entre los guatemaltecos son claras y evidentes desde diferentes perspectivas y puntos de vista; sin embargo, no es fácil entender que el surgimiento de estos grupos y sus antagonismos característicos no son espontáneos ni producto simple de la casualidad, sino el resultado de las mismas contradicciones sociales, es decir, del papel que cada sector juega dentro del colectivo social.
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Por eso, mientras estos intereses se interpongan en los grupos contrarios resulta impensable unificar a un país evidentemente dividido por la ideología, la distribución de los medios de producción, la ubicación geográfica o las costumbres. En este análisis no caben los discursos que promueven la “unidad del país” por el bienestar colectivo y tampoco la cuestionada “doctrina de la armonía de los intereses”. Guatemala no se podrá unificar mientras prevalezcan las diferencias sociales y esto no necesariamente es negativo.
Sucede que cada grupo tiene su propia agenda, objetivos, planes e intereses, que en buena medida son guiados por una ideología que determina el camino a seguir, los procedimientos y la ética con la que actúan. Bajo este planteamiento pareciera que todo está perdido o que no existe soluciones para las disyuntivas que generan la conflictividad, pero lo que realmente sucede es que las diferencias propician el cambio y por el contrario, la aceptación sin cuestionamientos de los opuestos implica el inmovilismo.
En el caso de los guerrilleros y los militares, por ejemplo, que defienden posturas diametralmente opuestas, parece imposible cualquier unificación de criterios entre los principales actores, pero está claro que a ambos grupos les interesa que la justicia alcance a sus opositores. De esa cuenta que la presión de los contrarios podrá incidir para que muchos de los violadores de derechos humanos –de ambos bandos– se sienten en el banquillo de los acusados y paguen por los crímenes que han cometido.
Otro ejemplo claro lo constituye la conflictividad en el campo. De no ser por la oposición de los contrarios ricos y pobres o rurales y capitalinos, la situación del país no habría cambiado desde la Colonia. Las diferencias marcadas sobre la situación del campo han provocado que los problemas adquieran nuevas perspectivas y a diferencia del pasado, ahora son temas que se discuten con más apertura y solidez. Ahora el desarrollo rural no es solo un asunto que se reduce al dominio de los hacendados sobre los colonos, sino una polémica política, legislativa y social que tiene sus partidarios y detractores.
Las contradicciones, las diferencias y la oposición son el motor del cambio que marca los destinos de la historia. Por eso es vital que cada vez haya personas menos indiferentes y más conscientes de su papel social, en cualquiera de los escenarios que considere conveniente, pero ante todo es necesario que defiendan con firmeza sus ideales y actúen consecuentemente con estos.
En el caso de los normalistas y el Ministerio de Educación, las contradicciones han provocado que la calidad educativa se convierta en un tema de discusión en distintos sectores y centros de pensamiento, lo cual resulta positivo. Lo lamentable que la postura gubernamental dejó de ser la defensa de un ideal y se convirtió en una imposición y una radicalización sin sentido.
Pensar en la unificación del país es una utopía, pero no por eso se debe descartar la posibilidad de reconciliar posturas entre contrarios y tampoco es necesario considerar la radicalización de las ideas como la solución de los problemas. Con los instrumentos adecuados de diálogo y con el pleno respeto a las instituciones democráticas, las diferencias no necesariamente se van a disipar, pero al menos se podrán encontrar mecanismos que ayuden a buscar respuestas a las necesidades de todos.