Guatemala posee una diversidad cultural muy amplia, dentro de la cual, muy pocas manifestaciones concentran el interés de todos y se convierten en mensajes interculturales y de imagen integral para todos los grupos que conforman la nación.
Universidad de San Carlos de Guatemala
Una de ellas es la Cuaresma y Semana Santa, que identifican no sólo el sentido histórico ancestral, el mestizaje, sino que además regionalizan las expresiones del ideario colectivo. Las raíces de ésta están profundamente enlazadas al orden cristiano. Sin embargo, dentro de las mismas se encuentran también valores de expresión que se entrelazan con los grupos prehispánicos, como queda latente en la lectura de los reconocidos Textos Indígenas, como el Popol Vuh, los Anales de los Cackchiqueles y otros más que fortalecen las tradiciones con lo que aconteció en el mundo clásico de ese período histórico, cuyos habitantes legaron expresiones plásticas donde rememoran la exaltación a los grandes señores y la grandiosidad de una religiosidad que ha empezado a asomar con más fuerza en los últimos años, debido a la libertad de expresión asentada en el marco de los Acuerdos de Paz.
Esto da lugar a contemplar un escenario en el que se entrelazan manifestaciones diversas, de variadas culturas y períodos históricos, como el mensaje emitido por la presencia de las imágenes de la pasión de Cristo, con sus resabios de períodos coloniales, unificado a las vivencias medievales, como los autos de fe sacramentales, expresiones bizantinas y meditaciones que nos acercan a los místicos que renovaron con su presencia el concepto de la divinidad y la pervivencia espiritual. A esto se unifican los valores prehispánicos mencionados, que unificados a los españoles forman un mestizaje cultural único. Este cuadro se renutre en el siglo XIX cuando fueron incorporados mensajes de defensa o rechazo a las mismas, consolidando además la presencia del orden militar, liberal y romántico, culminando con la formulación de los mensajes musicales integrados con la presencia de música o marchas que tienen corte marcial y resabios de las expresiones de los músicos clásicos de inicios del siglo XIX.
A esto se integraron en el siglo XX muchos aspectos más, como la incorporación de vestimenta tipo español, la renovación de túnicas bordadas, o el resurgimiento de la devoción hacia la pasión impulsada en la Antigua Guatemala que se transformó en un ideario de contemplación de valores ancestrales y contemporáneos. Junto a aquello, la reconvertida expresión plástica de los mensajes del dolor interno del pueblo provocado por los hechos sociales que imperaron en la segunda mitad de esa centuria.
Dentro de todo ese marco quedó fijada también la expresión musical vocal, cuya raíz es la saeta que se convierte en Guatemala en plegarias cantadas por sopranos o barítonos durante el paso de los cortejos como una manifestación muy propia en la que se canta al dolor y se convierte en un arte donde convergen la voz y la composición musical. A esto hay que sumar que las conmemoraciones cuaresmales y de la Semana Mayor adquieren notoriedad en el medio por presiones sociales y políticas, se acrecientan cuando, el pueblo queda al margen de cualquier protección y busca su refugio en la presencia de los elementos que identifican el sufrimiento. La lucha que emergió desde la década de los 40 hasta los años noventa cristalizó expresiones donde la muerte fue sublimizada, y tal como lo expresara el religioso jesuita Ricardo Falla la muerte se convirtió en un elemento que vivifica la vida de los guatemaltecos. Hoy la situación de violencia y la lucha de grupos sociales provocada por grupos organizados, deja otra luz para volver a remeditar en este proceso, causando casi un impacto retro que revive los hechos pasados provocados entonces por la lucha social.
Este es el marco de la Cuaresma y Semana Santa, que nos vuelve a unificar para encontrar en este sufrimiento el motivo para la unificación. A partir de ello, existe la búsqueda de la expresión local, creando focos de expresión en diversas regiones, como sucede con la Costa Sur, el área norte, la costa Atlántica, la zona del oriente, el Occidente, que incluso se subdivide en regiones urbanas y rurales, en las que la expresión permite reconocer lo que cada grupo aporta a la gran conmemoración. Aquí hay que reconocer el sentido mam, la cultura kakchiquel, la quiché, la zutuhil y otras más generan variantes, tal como sucede con la región ladina, que no es una, sino varias, que han empezado a ser definidas y estudiadas por la antropóloga Claudia Dary de Berganza. Es así como son generadas diversas expresiones como cuadros vivos, relacionados con los autos de fe sacramentales de la Edad Media, cantos o plegarias similares a las saetas que se expresan ante el paso de los cortejos procesionales, cuyo origen rememora el sentido cristiano de los siglos XVII y XVIII, son tejidas alfombras de pino y flores, recuerdo de los orígenes prehispánicos, o se transforman en aportes de aserrín teñido de colores de suave acento colonial, frente a las de arena de recuerdo marroquí, costumbres ancestrales traídas de las islas.
También figura el pom de resabio precolombino, junto al incienso cristiano, identificando esa integración de etnias y culturas que dejan paso a meditar como el tejido social y cultural del país fija posiciones en las que a veces se empieza a mostrar el aporte que brindan los miembros de culturas que han llegado al país hacia el siglo XIX y XX.
A esto se suman las variaciones que encontramos en una sola línea: Los cortejos procesionales que varían considerablemente según las áreas donde se desarrollan. Entre estas Guatemala, capital, la ciudad de Antigua y el espacio urbano de Quetzaltenango. En la primera de las mencionadas el esplendor es inusitado y magnificente. Se coloca en un marco de espectacularidad e impacto social que busca crear escenarios de lujo y vitalidad. Los muebles son grandes, la participación masiva, los mensajes de los adornos dejan una secuela de impacto social muy fuerte. Aunque a veces se disfrazan con expresiones sin sentido y elementos casi peyorativos, sin un sentido más que un mensaje de brillo y magnificencia, como los grandes montajes dorados que impactan a la masa y dejan evidente los recuerdos kitsch frente a lo que se da en otros andas donde el mensaje social es evidente con un rigor más artístico y creativo.
La Antigua Guatemala asoma a inicios del siglo XX con montajes sencillos y modestos, pero se transforma en la década de los 70 a esplendor y espectáculo donde lo que se busca impactar, desechando en gran parte su patrón tradicional y característico. La vieja ciudad de Guatemala abandonó a sus artistas, dejó al margen a sus propios creativos y los sustituyó por capitalinos que buscaron darle un sentido de esplendor, perdiendo en gran parte su aporte regional. La ciudad de Quetzaltenango mantiene su fuerza original. Sus cargadores son grupos indígenas o ladinos que se asoman en espacios concretos, adoptan un traje donde se utilizan los bonetes de esclavos libertos romanos, asomando en situaciones muy particulares que dejan lugar a demostrar cómo en la expresión cultural se encuentra un refugio de vida y libertad.
Este es el problema de la visión de un patrimonio intangible que se muestra y renutre continuamente para hacer más fuerte, más identificado con los problemas que afronta la sociedad, y donde también asoman los aportes contemporáneos para sumarse a veces con aciertos o desaciertos a conservar el patrón cultural. La responsabilidad de los grupos contemporáneos están en ser los depositarios de un legado que proviene de siglos para legarlo a las generaciones venideras, quienes lo retomarán, quizás para enriquecerlo, pero ellos al igual que nosotros serán depositarios de un legado que debe permanecer en el imaginario colectivo nacional, ya que su anulación o transformación muy severa dará lugar a colocarlo como un desecho. El problema es ahora como se debe contemplar este legado, si integrando un consejo asesor nacional, en el que se deposite confianza para ayudar a guiar el proceso de conservación, respetando el aporte de las generaciones actuales, pero comprendiendo también que la Cuaresma y Semana Santa guatemalteca tienen valores propios, en los que no hay que entrometer patrones extranjerizantes que pueden llevarnos a globalizar un patrimonio local y con ello destruirlo. Hemos visto como en los últimos años se han incorporado marchas sevillanas, se ha modificado la forma de vestir a las imágenes tan solo por hacerlas merecer posiciones similares a las grandes esculturas devocionales españolas, como la propia.
Macarena y los nazarenos peninsulares
Por qué los artistas del pasado, pudieron en base a patrones externos llegar a crear expresiones propias, como sucede con los Cristos, que en Guatemala tomaron su propio giro y posición y fueron elaborados con la dinámica local. Por qué las conmemoraciones cuaresmales se han convertido en un refugio cultural y a pesar de estar gestadas dentro de la Iglesia Católica, se transformaron en expresiones vivas que demuestran el renacer de la conciencia local y entran en algunos aspectos en propia contradicción con las autoridades de su gestión. Esto es lo que nos hace propios, a esto es a lo que debemos responder, ya que las expresiones de la época nos convierten en seres donde hay convivencia entre grupos, donde hay respeto a la expresión, pero sobre todo, defensa de los valores gestados a través de los siglos.
No hay que olvidar que disposiciones gubernamentales, como la promulgada por el liberalismo hacia inicios de este movimiento prohibieron las procesiones, Sus defensores fueron los integrantes del pueblo comandados por los grupos dirigentes, como el caso de los miembros de la hermandad de Santo Domingo, que opuestos a semejante ley, atacaron incluso a los dirigentes eclesiásticos haciendo valer que las procesiones eran potestad de ellos, y donde ni autoridades civiles ni religiosas debían intervenir. Esto dejó una secuela para el resto de las demás expresiones, ya que situaciones similares se han dado en la defensa de cofradías y posiciones de religiosidad popular que defienden sus valores como algo suyo gestado a través del tiempo. Hoy esta situación debe ser ventilada en la posición de derechos humanos y en hacer realidad los Acuerdos de Paz, más una comprensión de la liricidad que da marcha adelante hacia un reconocimiento de las minorías y a la convivencia propia de los grupos en una vía de respeto mutuo.
El papel de gestores culturales
Es dentro de ese marco que debe entenderse la posición de los gestores culturales y Casas de Cultura, ya que son ellos los llamados a crear el ambiente posible para conservar parte de los testimonios materiales de este patrimonio intangible. Esto debe hacerse en el sentido que ello permitirá conservar con la mayor pureza posible este legado que hoy es expresión viva del pueblo, marcando los grandes momentos de la historia local, pero también respetando un diálogo intercultural donde empieza a asomar el espejo con el que Guatemala contempla sus aciertos y desaciertos. Esta labor dará margen a conservar partituras de marchas, postales, turnos, afiches, y aún segmentos de adornos para demostrar como estas conmemoraciones han permitido formar un legado con el que ahora se parte para iniciar un diálogo intercultural, una vivencia propia en la que nace en parte la identificación de todos los guatemaltecos como grupo, el principio de los valores culturales de la nación, y ante todo la ansiada identidad que marca en el orden histórico, antropológico y social una vivencia de lo que fuimos, somos y seremos como un pueblo inmortal.
Si lo comprendemos en esta forma estaremos abordando el principio que a partir de las conmemoraciones de pasión se puede construir un diálogo, una posición que nos lleve a decir se levantan las andas, como todos los guatemaltecos levantamos el honor y la responsabilidad de ser ciudadanos y convertirnos al final en una verdadera nación libre.