La urbe capitalina ya no tiene mucha vida nocturna


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En Centroamérica, la sociedad ha tenido motivos de alegría, de felicidad y de infortunio a lo largo de su historia. De infortunio, basta decir, a causa de la política, especialmente de la que estila el llamado izquierdismo, cuyas filas, por cierto, se vienen escindiendo cada vez más.

Marco Tulio Trejo Paiz


Pero pasemos sin más consideraciones de la politiquería a la que nos estamos refiriendo, a tratar aunque sea en volandas el tema que indica el título de nuestros breves comentarios. Así que… ¡adelante con la cruz  a cuestas!…

La vida en nuestra capital y casi en todos los centros urbanos y demás lugares de nuestro país fue tranquila, con seguridad y paz en otras épocas que se están alejando. Aquí, en este valle de lágrimas, la actividad de la familia guatemalteca y de los extranjeros que conviven con nosotros, transcurría en el cauce de la normalidad. Había vida diurna y nocturna, pero de repente, hace alrededor de seis décadas, las cosas cambiaron.

Ahora el ambiente citadino, al igual que el del resto de la república, se ha venido trocando virtualmente completo, y es que se han deteriorado los valores culturales, sociales y espirituales sustancialmente. Hay problemas de inseguridad que, al parecer, son irresolubles.

La vida nocturna ha desaparecido punto menos que radicalmente en las diferentes zonas de nuestra flamante metrópoli, a consecuencia de la violencia criminal que nos azota incluso en las barbas de las autoridades encargadas de velar por el orden y la integridad física y patrimonial  de los habitantes en   general.

De manera, pues, que la sangrienta y caótica situación que danza macabramente en el país nos tiene de rodillas, temiendo que en cualquier momento podemos ser víctimas de la delincuencia. Entonces, como dicen las abuelas, “mejor machete estate en tu vaina”. Seamos precavidos y realistas para no tener que lamentarnos en la fatalidad.

Mucha gente de experiencia, que vivió los aciagos días de las oprobiosas dictaduras y tiranías desde  los tiempos coloniales y con posterioridad a ellos hasta el memorable año 1944, suspira, añora por un atrabiliario y despiadado dictador como Jorge Ubico, añoranza que se explica por lo que acontece al presente en esta hora dramática de la patria.
   
Jamás debemos ni siquiera pensar en una vuelta al oscuro pasado clamando porque asalte el poder un tirano leyfuguista, enemigo de los derechos humanos. Debemos vivir libres de injusticias, de arbitrariedades y atropellos a nuestra dignidad.

La democracia bien entendida, genuina, tiene los atributos que se necesitan para que el país entre en el campo de la libertad sin mordaza, sin arbitrariedades e injusticias, sino más bien con las bondades del sistema que, en los gobiernos que hemos tenido después del que ejerció el doctor Juan José Arévalo Bermejo, no se nos brindó lo que aspiramos para disfrutar los beneficios a los que tenemos derecho para que nuestra existencia sea generosa.

Es deplorable el hecho de que este valle de lágrimas se haya convertido en un  lugar donde no se puede vivir con tranquilidad y seguridad; donde no se pueda vivir sin tener que andar como a salto de mata; donde la vida se pierde el rato menos pensado cuando caminamos en la calle o en el camino, o cuando andamos trabajando para cumplir nuestros deberes y obligaciones hogareños, entre otros que son insoslayables.

Nuestra  llamada “Tacita de plata”, al cuidado de la autoridad constituida, de esta parcela centroamericana, debe recobrar el orden, la seguridad y la paz en el marco de la verdadera democracia.

Por de pronto, desdichadamente, en las tinieblas de la noche y también a toda hora del día, la parca asoma su espantoso rostro con su fatídica guadaña…