James Diossa sonríe, se levanta de su silla y estrecha la mano de un inmigrante bajito, de pelo corto, amigo suyo desde la infancia. «Su familia creó esto de la nada», explica Diossa, aludiendo al restaurante La Casona, de Sergio Tabares y su familia, todos inmigrantes, en el corazón de la ciudad de Central Falls.


Con apenas 27 años, Diossa es más que un viejo amigo: es el alcalde de esta pequeña urbe de familias humildes, un enclave colombiano cerca de la frontera entre Rhode Island y Massachusetts.
Y encara una tarea dantesca: sacar a Central Falls de la bancarrota y la intervención estatal que padece debido a la corrupción, los recortes en ayuda y una enorme deuda en el pago de pensiones a sus empleados.
«Esperanza. Eso es lo que nos ha dado James, no solo a mí, sino a la generación de mi hijo», señala Luis Torrado, un arquitecto colombiano, sentado a tan sólo unas mesas de Diossa, en La Casona.
«Con James, es una nueva etapa. Todo el mundo se siente positivo. Nos da ese aliento», comenta Víctor Capellán, un dominicano que trabaja como subadministrador de la escuela superior de Central Falls.
El joven alcalde es uno de los tres hijos de Bernado Diossa y Melva Restrepo, dos inmigrantes oriundos de Medellín, Colombia, que se establecieron en Yonkers, Nueva York, en 1979, para luego llegar a Central Falls en 1985. Bernardo Diossa, que llegó a Estados Unidos ilegalmente, lleva 28 años fabricando bombillas para la empresa Osram Sylvania en la calle Broad, mientras que Restrepo regresó a Colombia después de años de trabajo en una textilería local.
Tras pasar su infancia en Central Falls y sólo marcharse de la ciudad para estudiar justicia criminal en la Universidad de Becker, en Worcester, Massachusetts, Diossa fue elegido concejal en 2009 y participó en una campaña que evitó el cierre de la biblioteca y la oficina postal de la ciudad por falta de presupuesto.
Después de que el anterior alcalde, Charles Moreau, renunciara a su cargo y se declarara culpable de fraude en septiembre del año pasado, Diossa fue escogido para el puesto en diciembre, tras lograr un 62% de los votos. Aun así, un interventor controla temporalmente las finanzas de la municipalidad.
De las 19.376 personas que viven en la urbe, 11.685 son hispanas, según datos del censo.
Diossa, sin embargo, es el primer alcalde latino de Central Falls. Se granjeó la confianza de una población hispana que desconfía tradicionalmente del gobierno y de los políticos.
Más de 2 mil colombianos viven ahora en Central Falls, incluidos numerosos descendientes de una gran camada que llegó en la década de 1960 para trabajar en las fábricas textiles de la ciudad. Las cifras de colombianos en la ciudad eran mayores en aquella época y en la década de 1980, cuando Central Falls llegó a ser conocido como «Pequeño Medellín» y se convirtió también en uno de los centros del tráfico de las drogas que circulaban en Nueva Inglaterra. Central Falls era considerada entonces la tercera comunidad colombiana más grande de Estados Unidos, después de Hialeah, en Florida, y Queens, en Nueva York. El primer concejal colombiano, sin embargo, no fue escogido hasta el 2001.
Como alcalde, Diossa se levanta a las cinco de la mañana y lo primero que hace es responder mensajes de correo electrónico y leer noticias en su iPad. Tras llegar a su oficina en la alcaldía, mantiene reuniones y habla a diario por teléfono con los jefes de policía y bomberos, aunque su principal tarea, asegura, es atraer negocios y actividad económica a Central Falls, trabajando para poco a poco para cambiar la reputación de la ciudad.
El municipio carga con el estigma de ser el único en Rhode Island que se ha declarado en bancarrota.
«Hay personas que de verdad creen en mí aquí», dice Diossa, que habla bajito, con cierta timidez, pero con firmeza. «Los hispanos han visto mucha corrupción en sus países de origen y por eso quieren alejarse de la política, pero yo formo parte de una generación de colombianos-estadounidenses que quiere involucrarse. Y aquí me ven como alguien que puede ofrecerles la oportunidad de empezar de nuevo».
El joven alcalde asegura que quiere estar cerca de su comunidad y por eso sale a menudo de su oficina y habla con los dueños de negocios y visita las escuelas. La gente le reconoce por la calle y le saluda, estrechando su mano y preguntándole por el próximo partido de fútbol local o comentándole de cómo están sus parientes cercanos, a los que Diossa conoce. El funcionario, que sonríe con facilidad, come en La Casona o en el restaurante que su tío César Zuleta tiene en la calle Dexter, decorado con fotos de Medellín.
Su padre Bernardo, de 51 años, trabaja a tan sólo diez minutos de la alcaldía. Asegura que la fábrica que le mantiene antes contaba con 500 trabajadores, pero que ahora sólo quedan unos 90. Recuerda cómo durante años hizo dobles turnos para poder mantener a sus hijos. Es fácil para él hablar con orgullo de Diossa.
«Uno como padre, ha hecho cosas buenas para que se reflejen en el hijo… Creo que él puede demostrar que los hispanos no somos un estorbo, somos trabajadores», explicó Bernardo, quien regularizó su situación al casarse con una estadounidense, durante uno de los pocos descansos que se toma en sus turnos en el trabajo.
El padre, que habló con las gafas que usa como protección de las máquinas sobre la frente, dijo que siempre le insistió a su hijo en la importancia del estudio.
«El conocimiento nunca lo pierdes. El ahora aspira a muchas cosas», comentó.
El salario promedio en Central Falls es de 32.759 dólares anuales, una cifra mucho más baja que el promedio de casi 56 mil dólares que se registra en Rhode Island. En la ciudad no ha sido fácil afrontar los aumentos de impuestos y recortes presupuestarios que un juez dispuso en como medida para salir de la bancarrota.
Sin embargo, Sandra Cano, una inmigrante colombiana elegida miembro del Comité Escolar de la ciudad vecina de Pawtucket, tiene plena confianza en Diossa y su capacidad para tirar adelante la ciudad.
«Es un joven apasionado, lleno de energía, que cree en su ciudad, orgulloso de donde viene. Quiere mostrarle al mundo que Central Falls no sólo fue la cuna donde él nació, sino que puede ser una casa para que los jóvenes con talento puedan sobresalir», dijo Cano.
La inmigrante agregó que Diossa fue el único de la ciudad que la apoyó para empezar una iniciativa de reuniones entre dueños de negocios, para impulsar la economía local y hacer «networking», o conexiones.
«Tiene un desafío enorme, traer más trabajos a la ciudad con la poca fe que los ciudadanos tienen en el gobierno después de lo ocurrido en el pasado. Perdieron la fe y él tiene que restaurar toda esa fe y por eso está trayendo el paquete ético», explicó la activista en referencia a un paquete de reformas éticas implantado por Diossa con el objetivo de evitar la corrupción municipal.
Mientras el alcalde intenta sacar la ciudad a flote, ésta prosigue su actividad diaria, con calles semivacías, llenas de taquerías, quioscos desde donde se envían remesas y negocios con nombres como «Sorpresa bakery» o «Colombian American liquors». Muchas de las fábricas textiles que dieron vida al municipio ahora se mantienen cerradas, con paneles de madera que cubren las puertas. Aun así, el sabor latino del municipio es omnipresente, y se expresa en letreros en las entradas de algunas bodegas que dicen: «Donde hay fe hay amor, donde hay amor hay paz, donde hay paz está Dios y donde está Dios no falta nada».
Joseph Moran, el ex comisionado de policía de la ciudad y quien perdió las elecciones en diciembre ante Diossa, le desea suerte al nuevo alcalde y advierte que los desafíos que enfrenta no son pocos. Le describe como un joven con «mucha ambición».
«Le vi crecer. Fue a la escuela superior de Central Falls y se graduó allí, como yo», dijo Moran. «Uno o dos meses en el puesto es demasiado pronto para decir si está haciendo un buen trabajo o no, pero creo que quiere lo mejor para esta ciudad y espero que lo haga lo mejor que pueda».
Desde que es alcalde, Diossa ha creado varios grupos de trabajo para lidiar con los distintos sectores, desde el educativo, al de seguridad pública y desarrollo económico.
«Esta es la primera vez en mucho tiempo que alguien en la alcaldía se enfoca en el desarrollo económico de la ciudad», dijo John Gregory, presidente y director ejecutivo de la Cámara de Comercio del Norte de Rhode Island, quien es copresidente del grupo de trabajo sobre desarrollo económico. «Estamos analizando los distintos incentivos que ya están en marcha ahora. Queremos organizar una reunión entre los dueños de negocios y el alcalde para que así Diossa escuche sus inquietudes directamente».
Diossa asegura que uno de sus mayores desafíos es cambiar la imagen que muchos tienen de Central Falls.
«La ven decaída, es una percepción negativa», asegura. «Mi trabajo es cambiar esa percepción de afuera y levantar ese espíritu, intentar que nazca un nuevo orgullo».
El letrero de una de las entradas a la ciudad parece hacerse eco de lo que dice el alcalde: «Central Falls, pequeña en tamaño, grande es espíritu».