La decisión del Ministerio de Educación de reformar la carrera del magisterio es una muestra más de cómo en Guatemala se sigue agarrando el rábano por las hojas, porque nuestro problema en materia educativa es radical y absoluto, con raíces profundas en la misma escuela primaria, y no porque en forma aislada las escuelas normales hayan empezado a fallar. Todos los alumnos que entran a la Universidad, tanto provenientes de colegios privados como de escuelas públicas, tienen serias deficiencias en su formación porque tenemos sistemas educativos que han descuidado lo fundamental y cambiar únicamente la parte final a los alumnos que quieren ser maestros no les altera en nada las deficiencias que traen desde la misma base de su formación.
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Durante muchísimos años, por generaciones enteras, las escuelas normales produjeron maestros de altísimo nivel que fueron orgullo para el país y que tuvieron a su cargo la eficiente formación de miles de alumnos que todavía a mediados del siglo pasado llegaban a la Universidad con una preparación académica envidiable, además de una sólida formación cívica. El abandono de esos patrones de excelencia se fue notando de manera acelerada con el correr de las décadas de la segunda mitad del siglo, cuando en aras de la modernidad se cambiaron los viejos patrones de estudio que nos dieron tan buenos resultados y que se manifestaron en las generaciones de la época.
Cambiar hoy los últimos años de magisterio para forzar a que el maestro tenga que obtener su título como tal en la Universidad es en el fondo una gran babosada porque los que se gradúen de bachilleres en educación, como se propone, serán tan mal formados como el resto de los bachilleres que produce nuestro deficiente sistema educativo y la Universidad tendría que hacer milagros para compensar esas deficiencias de origen que comprometen la capacidad de éxito en la enseñanza superior.
Es como pretender que las deficiencias de nuestro futbol se van a corregir trabajando en la liga mayor. Lo que se tiene que hacer, tanto en el deporte como en la educación, es empezar por lo básico y superar deficiencias que marcan para toda la vida. Tenemos resultados patéticos cuando se hacen exámenes para medir las habilidades matemáticas, científicas o de lenguaje de nuestros jóvenes porque no hay ningún esfuerzo por darles un buen cimiento desde los primeros años de su formación y luego, cuando llegan a la Universidad muchas veces sin siquiera destreza para leer con fluidez, no se puede esperar resultados distintos.
La tesis de la Ministra, que más que tesis es algo que sostiene como dogma, es que las normales no sirven. Pues debe saber esa señora que sirvieron y mucho para formar maestros de altísimo nivel, muchos de los cuales ella ni siquiera conoció porque ya es de las hornadas que sufrieron los efectos del desmadre en que cayó nuestro sistema educativo. El problema no está en las escuelas normales, como se puede demostrar históricamente, sino en el material que entra a ese tipo de institutos. Y ese mismo material es el que será enviado a las universidades, pero el resultado será exactamente el mismo porque, repito, la Ministra no entiende que el problema es estructural y tiene cimientos en la misma base de la pirámide de la formación de nuestros jóvenes.
Parte del problema de hoy es que en el pasado tuvimos ministros iguales a la actual. Sin muchas luces, pero tercos por su carácter autoritario que se pasaron por el arco del triunfo todos los criterios contrarios a su empecinamiento. Por allá por los setentas Lucas puso a Clementino Castillo como ministro de Educación y aún ese “chafa” parecía menos autoritario que la ministra actual y con luces suficientes para, por lo menos, escuchar.