Un Papa sencillo, preocupado por los pobres


Oscar-Clemente-Marroquin

El 19 de abril del 2005, los Cardenales eligieron como Papa al Cardenal Joseph Ratzinger, quien como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe era visto como la expresión del mayor conservadurismo que enfrentaría, en el Cónclave, a la oposición liberal de otros cardenales, según publicó en ese año el Financial Times de Londres. Su rival más importante en ese Cónclave, según se sabe hoy, fue el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, quien compartió con Ratzinger el balotaje final.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Hoy, horas después de su elección, la derecha se asusta al escuchar que ha dicho que como prelado argentino criticó a las autoridades por no impedir el incremento de la pobreza y porque dijo que mantener la miseria es “inmoral, injusto e ilegítimo”, mientras desde la izquierda se alzan voces para descalificarlo por haberse enfrentado a los Kirchner (inspiradores de la pareja Colom), acusándolo de haber sido compañero de viaje de la dictadura militar y de no haber velado por los derechos humanos. Por cierto que el nuevo Papa dijo alguna vez que esos derechos “se violan no sólo por el terrorismo, la represión y los asesinatos, sino también por estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades”, hablando como Presidente de la Conferencia Episcopal de su país.
 
 Antes del Cónclave del 2005 la figura de Bergoglio era puramente local, pero cuando se conocieron intimidades de esa reunión tan secreta que los participantes se exponen a la excomunión si relatan algo de lo ocurrido, se dieron las infaltables filtraciones y se supo que había sido el contrapeso a la influencia de la curia vaticana. Esta vez, sin embargo, la edad parecía haberlo excluido de la lista de los papables, que casi nunca funciona, y fue sorpresa su elección no sólo por venir de América Latina, sino también por ser Jesuita, una orden que ha jurado perpetua y absoluta sumisión al Papa (en la buenas y en las malas) y que fue objeto de cierta marginación en algunas administraciones apostólicas ante el surgimiento de nuevas fuerzas dentro de la Iglesia que se fueron convirtiendo en grandes poderes alrededor de los dos últimos Pontífices.
 
 Yo pienso que el Papa de la Iglesia Católica debe tener tal ecuanimidad que los radicales siempre estarán inconformes con él. Si no fuera así, tendríamos a un Pontífice que se identifica con alguna de las corrientes más radicales, enajenándose el respeto de los radicales del otro extremo del espectro y, por supuesto, también de quienes no comulgan con los radicalismos de ninguna naturaleza.
 
 El hecho de tener un Papa ajeno a la curia vaticana, ajeno a los movimientos surgidos en el siglo pasado y que han escalado posiciones como parte de una brutal aunque hipócrita lucha de poder, ajeno al boato de la alta jerarquía y que en su denuncia de la injusticia vuelve a las raíces mismas de la doctrina social de la Iglesia como promotora del bien común, de la igualdad de todos los seres humanos como hijos de Dios y que condena la explotación causante de pobreza y miseria, es en verdad reconfortante. Si a ello se agrega su formación como miembro de la Compañía de Jesús y lo que sus allegados dicen sobre su carácter, puede confiarse en que la profunda revisión que demanda intramuros la Iglesia puede iniciarse como consecuencia de la valiente renuncia de Benedicto XVI que sirvió la mesa para un Pontificado audaz que rompa los vicios que, cual cáncer, carcomen a nuestro catolicismo.
 
 Por supuesto que no será fácil su lucha. La sombra de Juan Pablo I estará siempre presente como recuerdo indeleble cuando veamos a un Papa dispuesto a romper el molde, y las fuerzas contra cualquier proceso de cambio serán durísimas en el entorno de Francisco, el Papa electo rompiendo paradigmas y para romper paradigmas.