La semana pasada se conmemoró el Día Internacional de la Mujer cuyo propósito fundamental no es felicitar a las compañeras de trabajo, de estudio o de vida, por ser mujeres lindas y madres abnegadas; lo importante de esta celebración es generar un momento para que la sociedad y los hombres, principalmente, reflexionemos y comprendamos que el comportamiento masculino, que se considera normal, les afecta a las mujeres día con día: acoso sexual en la casa, la calle y la oficina, violencia física, verbal y psicológica, violaciones sexuales, menosprecio por su trabajo productivo y reproductivo, apropiación de su cuerpo y de su tiempo.
La cantidad de casos de violación sexual intrafamiliar es alarmante. Según organizaciones nacionales e internacionales, muchos casos de abuso sexual contra mujeres y contra menores se producen por alguien cercano, dentro de la familia. ¿Qué clase de sociedad somos y qué tipo de sociedad estamos construyendo si no denunciamos estos vejámenes ocurridos dentro de nuestra propia familia? La mejor protección contra la opresión que viven día a día las mujeres, adultas, jóvenes y niñas, es la información, la educación y la solidaridad familiar y entre mujeres. Hace unas semanas realizando una visita a las altas montañas de Huehuetenango, me compartieron un relato que ahora comunico a ustedes apreciados lectores del vespertino La Hora. Son sucesos actuales que se producen en casi cada rincón del país; una realidad que debe ser cambiada por nuestras acciones individuales y colectivas.
“La noche anterior Rosa se había arreglado con trenzas el cabello. Un güipil nuevo era el marco perfecto para su rostro de joven soñadora. No dejaba de estar inquieta, algo atemorizada. Sabía que en las fiestas patronales de la aldea era probable que, sin previo cortejo, un muchacho del pueblo intentara robarse a cualquiera de las muchachas de su edad y hacerla mujer apropiada, sin pedir permiso ni siquiera al cielo. No estuvo convencida, en ningún momento, de asistir al salón comunitario en donde una marimba orquesta tocaba sones y cumbias a todo vapor, sin embargo, era la costumbre demandada incluso por su mamá, sus tías y primas mayores. A las diez de la noche ya bailaba obligada, no con un muchacho de su edad, sino con un viejo cuarentón que, borracho, la había tomado del antebrazo y la apretaba al compás de una triste tonada en medio de la pista de baile. Presintió horrores y buscó, sin éxito, alguna mirada que la salvara de aquellas gruesas manos sudorosas que la estrujaban. Hoy despertó temprano, en una casa que no era la suya, en una cama que no era la que compartía con sus hermanas menores, a la par de este tipo del cual sabía su nombre sólo porque era del comité comunitario de vivienda; se siente ultrajada, temblorosa, desconcertada. Son las seis y media de la mañana y Rosa está lavando la ropa de gente desconocida, le ha cocinado al tipo que borracho aún, le exigió desayuno caliente. No sabe si podrá escapar de allí, pero entiende que no podrá regresar a su casa al otro lado de la quebrada, es una mujer usada. Son las siete de la mañana, Rosa sigue lavando ropa de los papás, los hermanos y los hijos del señor que la robó la noche anterior. Son las siete de la mañana y la gente del pueblo comenta que hay una nueva esclava en la aldea.”