El precio político del ajuste económico


Oscar-Clemente-Marroquin

El complejo resultado de las elecciones en Italia, que al final de cuentas impide la formación de un gobierno con mandato lo suficientemente claro como para emprender una política económica adecuada para la crisis, es consecuencia del impacto que entre los votantes tienen las duras medidas de ajuste que ha impuesto la Unión Europea a los países miembros que han caído en situaciones financieras difíciles.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Alemania es, sin duda alguna, el gran factor por su solidez económica que le confiere un gran liderazgo, y las decisiones que ha venido impulsando van en la ruta de reducir los beneficios sociales y elevar los impuestos para enfrentar el déficit, lo que resulta absolutamente lógico sobre el papel, pero cuyas consecuencias humanas y sociales son sumamente duras y al final pasan una alta factura política.
 
 Hay que ver que la mayoría de los países que tienen serios problemas económicos han resultado, paralelamente, con muy graves casos de corrupción que se vuelven más importantes precisamente porque salen a luz junto con las disposiciones que se toman para apretar el cinturón, lo que tiene que ver en buena medida con el bienestar de las capas medias y bajas de población que tienen mayor dependencia de los programas públicos. Y por supuesto que la gente resiente la disposición de los gobiernos a reducir los beneficios sociales y eliminar aun las garantías laborales, bajo el pretexto de dar más flexibilidad al extenuado mercado de trabajo, lo cual significa una drástica reducción de la popularidad y prestigio de la clase política en general.
 
 En América Latina tuvimos también nuestro momento de dificultad cuando a finales del siglo pasado la presión del Fondo Monetario Internacional obligó a la privatización de servicios públicos, la venta de activos del Estado y la reducción de beneficios sociales, lo cual fue aún más grave que en Europa por los niveles de desigualdad que mostraban y muestran aún con mayor rigor nuestros países. Los gobiernos que se vieron obligados por el FMI a hacer ese drástico ajuste estructural también pagaron la factura política y precisamente por esa situación es que se ha podido ver un importante vuelco ideológico en la región hacia gobiernos de corte más populista.
 
 La crisis económica mundial actual es de mucha mayor envergadura que la que se vivió en los años noventa y por eso mismo también el ajuste está siendo mucho más duro y marcado en países desarrollados que habían alcanzado un nivel de cobertura social impresionante, que aseguraba cuando menos el acceso de todos los estratos de población a oportunidades. Esos beneficios son los que ahora están desapareciendo y ha sido Italia el primer país en tener que elegir autoridades en el marco del sentimiento de frustración de electores que ven día a día la merma de su calidad de vida porque se imponen sacrificios que, para variar, no se comparten de manera equitativa porque siempre la pita se rompe por lo más delgado y son los asalariados quienes primero sufren las consecuencias del ajuste.
 
 Pero ya en países como Francia y España se sienten también retumbos del malestar público y no sería raro que en el futuro inmediato hasta las más sólidas democracias del Viejo Continente empiecen a experimentar sobresaltos con el surgimiento de movimientos populares de inconformes que empiezan a responsabilizar a la clase política del descalabro, especialmente cuando van surgiendo escandalosos casos de corrupción que demuestran cuán ávidos son los dirigentes para sacarle raja al ejercicio del poder.
 
 Cada vez se escuchan más disonantes discursos de grupos inconformes en los distintos países de Europa que cuestionan hasta el europeísmo y la defensa del euro que ha significado tanto sacrificio. Sólo el tiempo dirá si la velocidad de recuperación de la crisis será suficiente para atajar los movimientos más impredecibles.