“Porque Galip, que por aquellos días escuchaba su propia voz como si fuera la de otro, comprendería perfectamente que mientras dos personas se hablan desde ambos extremos de una línea telefónica pueden convertirse en seres completamente distintos.”
Cómo la búsqueda, el abandono, la desaparición de Rüya a todo torna en misterio y envuelve al entorno cercano o lejano con velos metafísicos e incluido esotéricos…
¿Por qué el espejo de Alicia ha de aparecerse en todas partes como una invitación a sumergirse en el maravilloso satélite natural del divagar, allí donde se labran atajos que atajan ecos perdidos?
A modo de “complemento” o más bien de verdadero corpus narrativo y para, hasta cierto punto, atenuar ¿justificar? la ausencia de Rüya, se develan otros enigmas mal o bien encadenados del Estambul y la Turquía antiguos pero vivos, sepultados vivos.
Primera alusión a un “libro negro”: una de las muchas novelas policíacas que acostumbra leer Rüya (“aquel mundo artificial”, “fantasías del autor”) encontrada en el fondo de un armario, en cuyo interior Galip descubre “una fotografía recortada de una revista impresa en papel de calidad: un hombre apuesto y desnudo”.
Sin la ¿esperada?, ¿apetecida?, ¿entusiasta? Occidentalización de Turquía, con todo cuanto eso significa o significó, incluso para la genética y la antropología… El libro negro sería imposible, imposible la existencia de un escritor semioccidentalizado como el propio Orhan Pamuk… “Porque los turcos ya no querían ser turcos, sino otra cosa.” (¿Suena familiar la frase en el contexto chapín?)
La “turquedad” como milenaria construcción mental, anímica y espiritual, cultural, antropológica, sociológica, ¿artificiosa? No hay ser, no hay esencia, según el polémico Celal, hermanastro de Rüya, primo de Galip.
Pero… “un pueblo podía cambiar su ‘modo de vida’, su historia, su tecnología, su cultura, su arte y su literatura, pero no le concedía la menos posibilidad (el fabricante de maniquíes) a que cambiara sus gestos.” ¿Cuántas centurias y acaso milenios se necesitan para labrar muecas, ademanes, gesticulaciones, formas de mirar, miradas furtivas, propios de un pueblo?
Cuánto puede abarcar una búsqueda en el laberinto de una cultura cuyas raíces más profundas están en la superficie, en la piel, el habla, los rostros, la risa, las huellas de las manos… Viajar a siglos pasados, de la mano de mitos y leyendas, en indagación de pistas que enmascaran al misterioso presente.
Cuando la memoria “comienza a secarse” es oportuno inventar historias de peculiar coherencia, sean escritas, orales, soñadas… (las neuronas son agradadas y agradecidas).