Hay hechos criminales que escapan definitivamente al control de las autoridades y que en buena medida pueden considerarse como difíciles de prevenir, pero en la situación general que se vive en Guatemala hay delitos recurrentes, muchos de ellos contra la vida, que se repiten hasta el cansancio sin que nadie mueva un dedo para realizar las acciones de inteligencia que permitan establecer quién está detrás de las acciones que causan tanto luto y dolor en el país. Hoy publicamos un reportaje sobre los casi cincuenta muertos provocados por ataques al sistema de transporte público en lo que va del año y en el mismo se puede ver hasta la forma en que hay zonas ya establecidas donde la incidencia es mayor y se repiten impunemente los asaltos, robos o ejecuciones realizadas por sicarios.
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Lo mismo se puede decir de los robos cometidos desde motocicletas en las distintas arterias congestionadas de la capital, puesto que ocurren a la misma hora, todos los días hábiles del año, en los mismos sitios sin que aparezca ni por fregar una patrulla policial para amedrentar, por lo menos, a los criminales que con arma en mano despojan a los automovilistas de sus pertenencias, especialmente de los teléfonos celulares.
El Estado de Guatemala está ahora dirigido por un oficial del Ejército que fue experto en temas de inteligencia y el resguardo de la seguridad ciudadana compete a un Ministro de Gobernación que tiene también credenciales en esa materia. En otras palabras, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado cuando se improvisaron “experiencias” en materia de seguridad, ahora se supone que las autoridades tienen conocimiento exacto de cómo funciona el proceso de recabar información y procesarla útilmente para que sirva como herramienta para anticiparse a los hechos criminales y para conocer no sólo la forma en que operan las bandas, sino quiénes son sus integrantes y cómo es que son dirigidas desde la sombra.
Sin embargo, no puede confiarse mucho en el aporte de esas experiencias a la luz de la forma en que se desatiende lo obvio, lo previsible y lo casi cotidiano. Si tomamos en cuenta que en sesenta y siete días del año han sido asesinadas 47 personas en ataques al transporte, estamos hablando de que casi todos los días ocurre algún hecho de esos y además las informaciones a las que hasta los periodistas tenemos acceso indican claramente cuáles son los sitios más peligrosos porque se repiten con mayor frecuencia dichos hechos de sangre. Dónde está, entonces, la habilidad para investigar, seguir pistas y recabar información que pueda ser valiosa no sólo para castigar a los criminales, sino que para prevenir que sigan actuando con total impunidad al eliminar a personas inocentes.
Hay situaciones que por razones más que obvias escapan al control de las autoridades, como pueden ser esos arrebatos violentos que se dan en nuestro anárquico tráfico en el que florece nuestra cultura de violencia. Pero no deja de ser preocupante ver que abundan los delitos recurrentes, los que se cometen casi con carácter cotidiano y que forman parte de la “normalidad” que se ha desarrollado en medio de un país donde no hay ley ni respeto.
Somos un pueblo en el que, ante la ausencia de una autoridad eficaz y competente, cualquiera se siente con derecho a adueñarse de la administración de justicia. De milagro no mataron ayer a cooperantes extranjeros que vinieron a Guatemala a ayudar a víctimas de labio leporino y por poco son linchados por una turba que los confundió con empleados de una mina, razón que de cualquier manera no justificaría ninguna agresión.
Pero como aquí todos la hacen y nadie la paga, el crimen está estimulado por esa brutal y mortal indiferencia de nuestras autoridades.