Años atrás no había tantos problemas para estacionar vehículos en toda la capital, pero ahora esos problemas se han agudizado.
En esa otra época, las disposiciones de Tránsito no eran tan estrictas; las calles y avenidas no estaban pintarrajeadas con franjas rojas a ambos lados (se borran en el correr de los días) y, además, esas vías se veían erizadas de parquímetros.
Actualmente y desde hace buen número de años, sólo unos cuantos de esos “tragafichas” han sido colocados en determinados lugares.
Los cobros de parquímetros no eran elevados. Los conductores de carricoches pagaban sólo cinco centavos de quetzal por hora; en cambio, ahora hay que echar en la boca de los tragafichas muchos centavos. Buen impuesto, ¿no?
Pues bien, por todos lados de la urbe, incluida la periferia, los que manejan (o manejamos, mejor dicho) patas de hule, afrontamos problemas de espacio para aparcar en la vía pública, por lo que nos vemos obligados a dejar los vehículos al cuidado de Dios contra el diablo…, ya que los dueños de predios no se responsabilizan por robos o daños que puedan causarse a los cacharros… Se zafan en vez de poner policías privados para ejercer vigilancia y, de esa manera, evitar perjuicios a la gente.
Nos ha llamado la atención el hecho de que hasta en los últimos rincones de la “coruscante city” haya sujetos que ofrecen sus dudosos servicios a los conductores de automóviles, picops, camiones, buses, etcétera, los que, según se supone, no están autorizados para estar lucrando en esa forma, al menos en su mayoría; pero, a pesar de los pesares, es tolerable lo que hacen esos cuidadores (¿…?, limpiadores y lustradores de vehículos aparcados por todas partes donde ellos se han apropiado de sitios exclusivos.
Lo que ocurre con esos individuos es comprensible si reparamos en que el progresivo desempleo imperante es como para ceñirse el cinturón hasta dejar de respirar. El hambre y la miseria asoman sus feos rostros en todos los barrios o zonas capitalinas y, también -se comprende- en el resto del país. ¿Verdad, estimado Juan Pueblo?
Hay espacios especiales en algunas calles y avenidas donde se puede estacionar, pero, eso sí, pagando quince, veinte o veinticinco quetzales por cierto tiempo a los supuestos cuidadores (son más hombres que mujeres). No se sabe si la autoridad respectiva ha otorgado permiso a tales “trabajadores” callejeros o si estos se han dedicado a la brava a realizar la actividad que mueve a pensar en la inseguridad con todas sus consecuencias…
Hay algo más qué decir. Continuemos.
Es injustificable que en los espacios de aparcamiento de algunos edificios de salud (digamos que de salud) de determinadas zonas de la capital se esté cobrando a los familiares de pacientes bajo tratamiento médico y a otras personas visitantes buen dinero por el estacionamiento de vehículos. ¿No basta lo que abulta los talegos de los propietarios o de los arrendatarios de esos antros del dolor humano, pagado por los pacientes o por quienes sufragan los “modestos” gastos de hospitalización y servicio?
Las autoridades de Tránsito tienen la palabra y, sobre todo, la acción, para resolver el problema a la mejor conveniencia del público en general; pero, en particular, de los conductores de “arritrancos rodantes”, porque, no cabe la menor duda, están campeando los abusos de pudientes y de “proletarios” que hacen su agosto en la calle…
Para algo o para mucho sirve la anarquía danzante en Guatemala. Unos son presas de la ambición desmedida al enriquecimiento y, otros, arbitrariamente al lucro en los lugares que se han reservado con exclusividad para explotar el estacionamiento, el “cuidado” y el lavado de vehículos.