La irracionalidad autonómica


Edgar-Balsells

Desde los años setenta, bajo el gobierno militar de Arana Osorio, comenzaron a proliferar, a diestra y siniestra las autonomías. Diversos abogados inspiradores del modelo justificaban su impulso argumentando la especialización y profesionalización de los entes que debieran atender específicos campos del quehacer público.

Edgar Balsells


Las versiones más autárquicas de tales ideas tenían que ver con el deporte y las municipalidades, resultando hoy paradójico que al día de hoy ambos sistemas sean los más derruidos, corruptos y oxidados de todo cuanto huela al manoseado “interés público”.

Con el advenimiento de la democracia, el espíritu de los constituyentes fue “invitar a todos los sectores”, a presentar propuestas y como era de esperarse la puja de poderes llevó a los excesos que hoy son de lamentar, tal y como lo muestra un matutino en una entrevista a Gerardo Aguirre, titular de la Confederación Deportiva, quien asincera el claro relajo de gobernabilidad que prevalece en el seno de la denominada “Asamblea General del Deporte”.

Resulta ser que para el colmo de la comprensión democrática chapina, dicha “Asamblea” institucionalizó su accionar inspirándose en el modelo deportivo cubano que, ni por asomo se asemeja al de estos lares, dado que la democracia popular de la isla, se basa en un férreo control central en donde el sistema de planificación ha producido brillantes resultados áureos a nivel olímpico.

Mientras tanto, aquí el “modelo democrático” significa una captura de la entidad por parte de intereses espurios, vinculados a proveedores, constructores y negociantes de todo tipo que se patentizan por el encabezado de la entrevista: “Once federaciones están mal” (Prensa Libre 5/3/2013, pág. 69).

Pero el colmo de la cuestión es cuando se le pregunta al jerarca deportivo, ¿cómo distribuyen el pistal que les entra anualmente, por orden constitucional? Y simplemente responde que la mitad se gasta en burocracia y el resto se atomiza en un montón de asociaciones y federaciones de deportes tan intrascendentes como el billar, o tan encopetados como la equitación o el polo.

Por esa razón es fácil de explicar el porqué, a pesar de que se les otorga ese pistal a todos esos señorones, no se observan ni por asomo las señales tangibles de inversiones deportivas de peso. Las últimas que si lo fueron de peso son esos feos pero aún funcionales gimnasios ubicados en la ciudad olímpica, que albergan al judo, el voleibol y la gimnasia entre otros. Tales edificaciones, junto con otras de su género en los departamentos, datan del primer lustro de los setenta, en plena época de gobiernos militares, cuando por lo menos había un ápice de planificación y centralización lógica de fondos.

Con el advenimiento de la democracia se creyó que con la balcanización y la política del salpullido en materia de gasto público, las cosas habrían de adquirir un matiz de aires democráticos, cuando en verdad lo que se observa es puja y lucha por los recursos y corruptelas por doquier, que han dado al traste con la gobernabilidad que requiere de orden, disciplina, constancia y mucha pero mucha planificación.

Hoy a dirigentes como Aguirre les pasa como al Rector de la tricentenaria: reinan pero no gobiernan, y se la pasan intentando controlar a su máximo cuerpo colegiado, al punto que deben estar acompañados todo el tiempo de un ejército de guaruras. ¿Por qué será?