Los nuevos escenarios que se despliegan en la delicada temática tributaria y de la productividad nacional, nos plantean una coyuntura muy propicia para promover una reforma fiscal a fondo y permanente. Hablo en serio. No me refiero a la reforma que, parcialmente, se aprobó a inicios del 2012 cuyas enmiendas tienen el aspecto de una frazada de retazos, pantalón parchado.
Estamos en buen momento por varias razones. La primera razón es de tipo político partidista. Cada nuevo gobierno implementa “sus” reformas y el siguiente gobierno –generalmente de la oposición– deroga esas reformas e implementa las propias (flat tax por ejemplo). En otras palabras la normativa nueva se adapta a meros intereses partidistas. Así no se puede establecer sólido sistema fiscal que establezca las reglas claras que garanticen y promueven la inversión a largo plazo con visión de nación. No sabemos a ciencia cierta quién, de los que ahora se insinúan, va a triunfar en el próximo proceso eleccionario. Por eso la reforma que propongo estaría inmunizada de intereses particulares, o sea sería “políticamente neutra”. Sería una herramienta útil para el nuevo gobierno.
Como digo, faltan dos años y medio para definir al nuevo Presidente, por ende hay tiempo suficiente para que los diputados, inspirados en fervor nacionalista (¡por favor, alguna vez!) promuevan una reforma integral y articulada que comprenda diferentes ángulos: 1) Equilibrio en cuanto a la participación justa que corresponde a cada ciudadano; es claro que todos debemos contribuir al sostenimiento de la cosa pública pero debe encontrarse un punto de balance donde no se desmotive la inversión. 2) Barato y eficiente de tal forma que provea al Estado de los fondos necesarios para sus actividades. Cuál es el marco de su actividad y cómo manejan los funcionarios esos fondos son harina de otro costal aunque de la misma bodega. 3) Fácil en cuanto al cálculo, el pago y el control, evitando trámites engorrosos y conectando los procedimientos a las nuevas tecnologías que emergen. 3) Celeridad en los procedimientos de revisión y cobro, en su caso. En este sentido la reforma de amplio espectro se debe extender a otros ámbitos como lo son el procedimiento administrativo interno y, especialmente, al proceso contencioso administrativo ya que las Salas que tienen a su cargo resolver estas acciones acumulan un atraso mayor de 6 años; imagínese cuánto pierde el fisco con estos procedimientos aletargados. 4) Compartir el control con los propios ciudadanos por medio de las facturas; en este sentido se debe ampliar el criterio de los gastos deducibles de manera que incluya, de alguna forma, aquellos gastos que se hagan aunque no estén directamente relacionados con la producción de la renta (Ej. Gastos en restaurantes, en bienes personales, en recreación, etc.) En otras palabras haciendo “útil” cada factura, de esa forma cada contribuyente será quien la exija a quien le venda producto o servicio. 5) Armonizar todo el engranaje tributario de manera integral; por ejemplo los impuestos de importación (y mejor control de aduanas), impuestos inmobiliarios (IUSI) y los de traspasos de esos bienes (IVA y timbres) de manera que, lejos de ser un freno o un incentivo de elusión, promuevan la inversión y el desarrollo.
La metamorfosis fiscal debe estructurarse escuchando a los que saben; en ese contexto se debe convocar a los diferentes sectores para que abiertamente emitan su opinión; todos tienen ese derecho aunque no todos vayan a estar de acuerdo. Estamos a tiempo para proyectar una normativa fiscal, libre de impugnaciones, que aplicará a partir del nuevo gobierno, cualquiera que gane.