Hablar de religión, política o deportes puede encender tremendas pasiones y enfrentar a las personas porque se trata de cuestiones sobre las que es muy difícil ponerse de acuerdo y que además generan sentimientos muy profundos. Ahora, con la renuncia de Benedicto XVI y lo que eso significa para la Iglesia Católica, es natural que el tema se convierta en uno de los tópicos más importantes, no sólo en las conversaciones personales, sino también para los medios de comunicación de todo el mundo que tratan de interpretar los hechos y trasladar a su público la información más amplia, completa y en algunos casos veraz.
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El pontificado de Benedicto XVI estuvo marcado por las informaciones sobre el Vaticano difundidas a través de filtraciones que vinieron de fuentes bien informadas. No se puede decir que hayan sido fuentes confiables porque de eso no tenían mucho toda vez que se encargaron de sustraer documentos secretos de la curia vaticana para ir desnudando la lucha de poderes que ocurre allí como en cualquier otro lugar del mundo en donde afloran intereses y hasta ambiciones personales.
La Iglesia ha recurrido, por enésima vez, a la respuesta cajonera de que todo lo que se dice ahora son inventos con la intención de causar daño al catolicismo. No me cabe duda de que hay abundante basura entre todo lo que se publica, pero hay que ser ignorante o creer que el mundo está lleno de ignorantes para decir con todo desparpajo que está fuera de lugar hablar de luchas de poder en el Vaticano. Hay “voceros” que tienen la misión de apachar todos los clavos y negar hasta lo obvio. La elección de un pontífice siempre tiene que ver con ejercicio del poder y por supuesto que hay corrientes, sobre todo cuando es obvio que se vive un momento crucial para decidir cuál es el futuro comportamiento de la Iglesia frente a problemas del mundo de hoy, entre ellos el trato que se dará a los curas que cometen abusos sexuales, más allá de la tolerancia cero pregonada por Benedicto XVI, pero también hay que ver cuál facción de las que tienen intereses en el Banco del Vaticano se impone, y decir eso no es nada fuera de lugar sino entendimiento de la realidad.
Por supuesto que no todo es malo en la Iglesia Católica ni en la curia vaticana, pero asumir que todo es perfecto y que no hay problemas porque cada una de las mentes allí está guiada por el Espíritu Santo es propio de imbéciles. ¿Sería que el Espíritu Santo estaba de vacaciones en el período de los Borgia? Hay que entender, si quieren verlo así, que el diablo mete su cola por todos lados y que el objetivo de destruir a la Iglesia siempre ha estado allí, para lo cual se cuenta con las debilidades humanas que afectan, como es natural, a los hombres y mujeres que son parte de la estructura eclesiástica.
Dinero, poder y sexo son parte de las ambiciones de los seres humanos y asumir, pendejamente, que nada de eso afecta a la Iglesia no tiene sentido más que para seguir dando municiones a los que quieren hacer pedazos al catolicismo. Es más serio y maduro encarar los hechos, enfrentar la realidad y admitirla, que esa intención tonta de querer maquillarla con eufemismos y razonamientos impropios de alguien que se dice experto en las cuestiones de derecho relacionadas con la religión. Siempre he pensado que si se diera la cara, si se reconocen y atacan los problemas, el futuro será mejor que si quieren seguir escondiendo la basura bajo la alfombra como si la gente fuera una partida de ignorantes sumisos y faltos de razón.