El tema del denominado “capital golondrina” ha permeado la esfera pública de los medios de comunicación especializados en Costa Rica, en donde el actual Ministro de Finanzas de dicho país sureño ha presentado incluso una propuesta drástica a la Asamblea Legislativa para frenar el ingreso del mismo.
Al igual que lo que sucede en México, en toda Mesoamérica vienen ingresando capitales que en buena parte no se destinan a la producción, ni son parte de la Inversión Extranjera Directa –IED-, sino aprovechan las altas tasas especulativas, alentadas por la política monetaria y por la sed de los ministerios de finanzas por agenciarse recursos de los banqueros, sin acudir a sufridas reformas tributarias.
Todos los países del Istmo afrontan problemas fiscales, Honduras es quizás el caso más sonado últimamente, pero lo cierto es que las autoridades del Fondo Monetario Internacional se muestran inquietas con las autoridades económicas de la región, pues la perspectiva de la ansiada “consolidación fiscal” sí que no está a la vuelta de la esquina.
Tan sólo en Costa Rica las autoridades anuncian la emisión en el mediano plazo de más de 4 mil millones de dólares en eurobonos, mientras que en fecha reciente el Ministerio de Finanzas Públicas de Guatemala emitió sin mayores dificultades 700 millones de dólares a una tasa cercana al cinco por ciento.
Conviene reflexionar primeramente por qué se ha producido de manera constante ese ingreso de capitales de corto plazo que en los años ochenta eran tan escasos y que fueron el dolor de cabeza de gobiernos como los de Oscar Arias y de Vinicio Cerezo y que justificaron para que las autoridades de esos tiempos hicieran votos por el ajuste estructural y la liberalización financiera.
Resulta ser que el modelo aperturista que viene desde México hasta Costa Rica, se basa en el control monetario, en base a una tasa de interés relativamente alta que se le ofrece a los grandes bancos del sistema, para que la banca central pueda esterilizar el dinero en sus bóvedas.
Resulta clarísimo entonces que si la tasa de interés de corto plazo, libre de riesgo está alta, siendo ésta el piso sobre la cual deben estructurarse las emisiones privadas en los mercados de dinero y de capitales tiende a encarecer el capital productivo privado e inhibe el desarrollo tecnológico y de las inversiones sostenibles.
Ello, aparte de causar serios estragos en las finanzas públicas, derivado de las obligaciones de cubrir las pérdidas de los bancos centrales por parte de los contribuyentes, inhibe la innovación y la capacidad productiva, en virtud de que la moneda tiene serias presiones a la apreciación. Mientras tanto las cámaras de comercio están contentas con el abaratamiento importador, pero los verdaderos productores e innovadores se recienten ante el decaimiento del tipo de cambio real.
Y entonces ése suele ser el talón de Aquiles del modelito implementado, al punto que el poderoso Gobernador del Banco de México Agustín Carstens ha venido alertando sobre el asunto, incitando a sus súbditos en el Banco de México a estudiar fórmulas que no inhiban el espíritu liberalizador del modelo, pero que inhiban una posible debacle de deflación de activos, que deprima la economía en general, ante una reversión del ciclo. Y los mexicanos que ya tuvieron a mediados de los noventa el denominado “Efecto Tequila”, son temerosos de que esos vaivenes vuelvan a suceder.