Innumerables veces los guatemaltecos hemos comprobado que gobiernos extranjeros que dicen ser nuestros amigos, como muchas instituciones internacionales, especialmente las financieras, emiten opiniones muy alejadas de nuestra realidad nacional. Me refiero a lo dicho durante el transcurso de la vigésima séptima reunión de gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo celebrada en nuestro país.
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¿Será por intereses creados o porque han sido mal informados por sus delegados o expertos? Esa es la pregunta que nos hacemos todos y hasta el momento no hemos recibido la respuesta adecuada a pesar que la población ha estado pagando duramente las consecuencias.
Nuestro país se encuentra endeudado hasta el copete porque nuestros gobernantes se han caracterizado por llegar a entidades como las mencionadas a lamentarse que somos uno de los que menos cargas tributarias tiene y que ello les ha impedido luchar duramente contra la pobreza, el hambre, la falta de crecimiento de nuestra infraestructura, de nuestros programas de salud y de educación. Nada más alejado de la realidad, puesto que no son las tasas, ni el monto de dinero que se percibe de los impuestos lo más importante, sino la eficiencia que se logre con una buena, racional y honesta actitud y comportamiento en el manejo de los fondos que se perciban.
Se quedó corto entonces don Alberto Moreno, presidente del BID, al decir que hay áreas en que no se ejecutan bien los proyectos financiados por ellos en nuestro país, por lo que en la tarea de supervisión y vigilancia van a poner todo su empeño para lograr eficacia en los mismos y porque mucho de los atrasos o incumplimientos provienen de que si en algo debemos mejorar es en esa materia. Algo muy importante y que el BID no puede dejar de lado es que no se puede medir a todos los países con el mismo rasero, mucho menos cuando se siguen dejando llevar de los lloriqueos de sus mandatarios, pero no solo por el hecho de ser distintos, sino porque salta a la vista que los fondos públicos no han sido manejados sin que desaparezca la corrupción, mal que ha permanecido a través del tiempo, a lo que se ha venido a sumar una pésima administración por la incapacidad de quienes la ejecutan.
No es necesario hacer grandes esfuerzos para comprobar que lo antes expuesto no es exageración, mucho menos una mal intencionada opinión. Basta con la corroboración de los índices de gastos, que no se han racionalizado, que hay desorden en la planificación de la obra pública, que no se lleva siquiera un elemental sistema de prioridades y que los gobiernos han desatendido el clamor popular por combatir la corrupción antes de todo, lo que finalmente nos ha llevado al punto que aunque eleváramos el cien por ciento nuestros impuestos, no alcanzarían para cubrir tantas carencias y necesidades. ¿Entonces, quién con una luz se pierde?