Cuando empezaba el siglo XV los imperios inca y azteca se encontraban en pleno apogeo, lo cual significa que durante esos años alcanzaron sus mayores logros en cuanto a organización social. Pocos años antes de la invasión de los españoles, los pueblos originarios de América Latina poseían muy particulares y especializadas formas de producción de alimentos, lo que dio sostenibilidad al cultivo de sus productos en el largo plazo.
Es interesante saber que en el imperio azteca, específicamente en el lago mexicano de Texcoco –espacio que en la actualidad es conocido como México D.F.- se desarrollaron algunas labores agrícolas muy peculiares, como las construcciones de chinampas. Estas estructuras rectangulares -similares a una isla artificial- les permitieron desempeñar una producción intensiva de alimentos, y estaban compuestas por arbustos, materia vegetal y tierra. Se estima que, debido a la fertilidad de los suelos de estas creaciones, se obtenían alrededor de cuatro cosechas anuales.
Simultáneamente, en el sur del continente americano, el imperio inca desarrollaba sus complejas técnicas de producción de alimentos, derivado del desafío que representa cultivar en áreas montañosas. Los incas utilizaron un sistema de construcción de terrazas -muros de contención-, cuya función era evitar que el agua arrastrara las tierras fértiles y los cultivos al fondo de los valles; con esto impedían la erosión del suelo. Estas obras de ingeniería de la época, compuestas por piedras de río, arcilla y tierra fértil -acarreada desde la selva amazónica-, colocada en el orden respectivo permitía facilitar el drenaje del agua de la lluvia y a la vez otorgaba un promedio de tres cosechas al año.
Sin duda que en el transcurso de la historia, han existido diversas formas de producción en el mundo; pero lo que impresiona es notar que estos imperios aplicaban a cabalidad el concepto de sostenibilidad en cuanto a la producción de alimentos se refiere, puesto que explotaban sus recursos intensivamente, y aseguraban que perdurara en el largo plazo. No solo llama la atención por el manejo de los recursos, pues cuando se comparan estos sistemas con los del mundo occidental de la época, se comprueba que los rendimientos de aquella región eran menores, debido a que su sistema necesitaba de una mayor área cultivable.
En el mundo actual se empezó a desarrollar el término de sostenibilidad en la década de los ochentas, y se hicieron esfuerzos por emplear acciones a todos los campos de la producción y al del uso de los recursos. Es decir, que cuando el mundo “moderno” intentó aplicar esta dinámica a los hábitos de vida y la producción actual, seiscientos años antes ya existían experiencias en materia de sostenibilidad.
Al contextualizarnos en lo que ocurre en Guatemala, es evidente la degradación que han sufrido la mayoría de nuestros recursos naturales, y para esto es preocupante citar las realistas declaraciones del director del Insivumeh la semana pasada. En esta ocasión afirmaba que ocho ríos han perdido el 74% de sus cauces, lo que proyecta una grave crisis en la mayoría de regiones del país, en lo que a producción de alimentos respecta.
En conclusión, estos imperios, azteca e inca, nos han demostrado que existen los medios y la capacidad de ejecutar políticas de sostenibilidad. Obviamente, en la actualidad, existe un cúmulo de conocimientos desarrollados por la ciencia a lo largo de la historia, los cuales permitirán que se mejoren estos sistemas. Comparto las visiones ancestrales de los pueblos originarios, en el sentido de que los recursos están para aprovecharse; sin embargo, siempre se debe guardar respeto a la madre tierra -Pachamama-, puesto que, de lo contrario, la existencia de los seres humanos estará en peligro en un futuro no muy lejano.