El libro intitulado “Así nació Israel”, de Jorge García Granados,


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Puede dar mucha luz a los encumbrados funcionarios del gobierno, especialmente a los legisladores

Con una conceptuosa dedicatoria, el embajador de Israel, licenciado Eliahu´López, nos envió el libro intitulado Así nació Israel, de nuestro ilustre compatriota, ya desaparecido, Jorge García Granados.

Marco Tulio Treo Paiz


En sus 361 páginas, dicha obra literaria –hace poco reeditada, suponemos que en varios idiomas- ofrece al lector una interesante reseña histórica de la actividad realizada, no sin múltiples tropiezos, por una Comisión de las Naciones Unidas (la UNSCOP) para Eretz-Israel, sobre la cuestión Palestina.

    Es, con sentido literario-periodístico, una elocuente narración de lo que a mediados del siglo pasado acontecía en el Medio Oriente, ocupado entonces por un ejército bien pertrechado de Inglaterra de cien mil efectivos, de acuerdo con un Mandato.

    Aclaramos que no es nuestro propósito comentar propiamente el libro, sino de referirnos a algo de lo más relevante de los pasos que se daban apuntando a solucionar el espinoso y explosivo problema árabe-israelí, susceptible de desencadenar una guerra en la región.

    Sorteando múltiples obstáculos, fue ardua la labor de la comisión de la ONU, en el territorio palestino, poblado por árabes y judíos bajo el peso brutal de la fuerza armada de la pérfida rubia Albión.

    La ferviente aspiración de los judíos, desparramados en todo el mundo, perseguidos, sobre todo, por los desalmados y sanguinarios verdugos de la genocida bestia nazi y sus secuaces, era la fundación de su Hogar Nacional que. ¡por fin!, a contrapelo de los intereses y maniobras de árabes, ingleses y de algunos países, se produjo el feliz advenimiento de la criatura un memorable 15 de mayo de 1948.

    Pero, desdichadamente, se tropezaba con la terca intransigencia de los árabe-palestinos y sus compatricios del nivel estatal.
    Miles de ciudadanos árabes, de discernimiento propio, veían con beneplácito el surgimiento del Hogar Nacional judío.

    Los miembros de la comisión de las Naciones Unidas entrevistaron a judíos y árabes en los diferentes lugares recorridos concatenando los elementos de juicio que servirían oportunamente para rendir, al máximo organismo mundial, un amplio y bien documentado informe sobre sus actuaciones en el terreno de las realidades.

    Leímos con mucha atención lo relatado con atingencia al caso de tres jóvenes rebeldes que ayudaban a huir de un centro carcelario a otros rebeldes que repudiaban la asfixiante presencia de las huestes inglesas en Palestina.

     La potencia mandataria, Gran Bretaña, arbitrariamente juzgaba a los detenidos por odiar a su non grata soldadesca. Un tribunal militar, violando el legítimo derecho universal de defensa de los tres infortunados muchachos sentenciados a morir ahorcados, no admitía apelación alguna contra el veredicto. ¡Justicia neroniana!
    En respuesta a la pena capital impuesta por el “tribunal” castrense de los ingleses, otros rebeldes, que luchaban valientemente a favor de la justa causa hebrea, aprehendieron a dos sargentos del ejército británico, como represalia a la macabra sentencia militar. Los dos galonistas ingleses también fueron ahorcados por los rebeldes tras ser ejecutados los tres jóvenes mencionados.

    Al “devorar y digerir” la dramática obra literaria de Jorge García Granados, experimentamos la sensación de que habíamos conocido realmente el territorio de Palestina, y consideramos que los políticos de nuestro patio centroamericano podrían aprovechar la edificante actividad de Israel, en cuanto a la problemática social, leyendo la información que da García Granados sobre los “kibutzim”, cuyas comunidades son atendidas en sus diversos problemas y necesidades para que puedan vivir con tranquilidad, justicia, seguridad y en paz. Es un modelo ejemplar el “kibutz”, o sea el mundillo de trabajo en común que se requiere para el disfrute de la verdadera democracia.

    Indudablemente, García Granados fue un orgullo para Guatemala, su amada patria.    
    Y… ¡punto final!