En su primer mensaje público luego de haber anunciado su renuncia para el final de este mes, justo en el inicio de la Cuaresma, el Papa Benedicto XVI fue más explícito respecto a los motivos que le llevaron a esa determinación, puesto que habló concretamente de la hipocresía que hay en el seno de la Iglesia y de las divisiones dentro del cuerpo eclesiástico que terminan desfigurando a la Iglesia.
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Duras fueron sus palabras para hablar del “comportamiento de los que aparentan”, refiriéndose concretamente a los que buscan aplausos y aprobación. Queda la evidencia de que hay un mar de fondo tras la renuncia de Benedicto XVI, quien no adopta una postura de silencio para encubrir lo que ha sido notorio en los últimos años, especialmente a partir de la divulgación de muchos de los secretos del Vaticano que al trascender, dejaron en evidencia muchos de esos vicios que tienen su raíz en las divisiones y la hipocresía de quienes predican la palabra de Dios, pero andan en busca de satisfacciones personales y en eternas disputas por el poder, el control y la hegemonía dentro del episcopado.
Posiblemente nunca se había planteado con tanta claridad algo que sucede desde siempre en el seno de los poderes eclesiásticos porque la consigna eterna ha sido el silencio y dejar que los trapos sucios se vayan lavando en casa o, mejor dicho, se sigan ensuciando intramuros. En otras palabras, ninguna autoridad de la Iglesia ha asumido con determinación la necesidad de realizar una depuración interna que tiene que partir del reconocimiento de las debilidades. El caso de los abusos cometidos contra tantos fieles a lo largo de la historia, especialmente los abusos de carácter sexual, es ilustrativo porque institucionalmente se adoptó por décadas la postura de proteger a los pederastas, ocultando sus desviaciones y trasladándolos de una parroquia a otra para evitar que el escándalo “dañara la imagen” de la Iglesia, aun a sabiendas de que esa actitud lo que significaba era poner en riesgo a nuevas víctimas que serían igualmente abusadas por religiosos que gozaban de la impunidad generada por el esfuerzo por contener el escándalo.
Benedicto XVI, criticado por algunos debido a su papel como hombre fuerte en el pontificado de Juan Pablo II, modificó esa actitud de encubrimiento y fue el primer Pontífice que pidió públicas disculpas por la actitud institucional de la Iglesia al proteger a los abusadores. Y ahora, en las últimas horas de su pontificado, nos advierte sobre otro tipo de problemas que se intuían en la Iglesia por su misma condición de conglomerado compuesto por seres humanos que tienen las mismas ambiciones, las mismas virtudes y las mismas bajezas que se pueden encontrar en otras organizaciones, inspiradas o no en la religión.
Un retiro suyo silencioso, dispuesto a cargar con secretos hasta la tumba, hubiera sido lo que las convenciones mundanas y lo políticamente correcto hubieran aconsejado. Sin embargo, Benedicto XVI está tomando el camino más duro que ha sido siempre el camino de la verdad y con base en su enorme experiencia está advirtiendo sobre vicios internos que pueden terminar haciendo daños irreparables aun a una institución con la solidez de la Iglesia Católica porque la presencia del mismo Dios se ve opacada por esas turbias disputas producto de la hipocresía que señala con toda valentía el Papa antes de dejar el trono de San Pedro.
Los católicos tenemos mucho que orar en estos momentos de una transición tan crítica, porque no hay que ser adivino para entender que el próximo cónclave será decisivo para el futuro de nuestra religión.