Después de leer el artículo publicado en elPeriódico por Carlos Mendoza y Claudia Méndez Arriaza no puedo sino concluir que soy un tipo desafortunado en cuanto a violencia se refiere. Para los que no leyeron el trabajo, el economista y la periodista indican que en el tema de la violencia hay muchos mitos por parte de la población y que en resumen, sin negar que existan hechos perpetrados contra la persona, es más la percepción (inflada) de estos que la realidad misma.
Quizá tenga mala suerte (y de repente hasta exagere) porque yo fui asaltado a plena luz del día, cerca de la Universidad Rafael Landívar, zona 16, cuando dos pistoleros entraron donde almorzábamos, golpearon a una de las cocineras y en un santiamén nos dejaron sin celular. Me ha costado recuperarme del trauma y no como tranquilo viendo de pies a cabeza a cada cliente que solicita servicio en un negocio de comida.
Puede que los guatemaltecos hayamos hecho de la violencia un mito, pero yo fui asaltado por cuatro hombres armados cuando iba camino a San Salvador en una de las rutas de Transportes Melva. El asalto duró unos 15 minutos (¿quién lleva la cuenta en esos momentos?) que consideramos interminables. Nos despojaron de todo: dinero, tarjetas de crédito, objetos de valor que llevábamos en las maletas, gorras, zapatos, celular… los señores andaban muy necesitados.
Todos excepto el piloto fuimos asaltados (curioso, ¿no?). Desde entonces, sólo en caso de estricta necesidad me subo a un bus: traumado que es uno.
Claro que sí, la violencia puede que sea un mito como lo son también las estadísticas. En papel es posible que Guatemala sea un país con una estabilidad macroeconómica de campeonato, pero qué consuelo les da a tantos ciudadanos desnutridos, desempleados, sin hogar, ni escuela ni acceso a la salud. De qué nos sirve llenarnos la boca por haber conseguido mejorar la recaudación fiscal si al final el dinero se queda entre los funcionarios que hacen uso libertino de él.
Sí, la violencia es un mito dicen los periodistas Mendoza y Arriaza. Sin embargo, un día en la zona 1, al regresar de una reunión de trabajo, cerca de las cuatro de la tarde, me encontré con el vidrio de mi carro hecho pedazos. Se habían llevado la silla del bebé y el radio (lo cual me parecía lógico y predecible), pero también unos cinco libros recientemente prestados a la biblioteca. Todavía me pregunto a cuánto los habrán vendido o si, por el contrario, los delincuentes eran estudiosos y dados a la literatura y la filosofía.
En fin, son solo tres ejemplos de un ciudadano que necesita tratamiento psicológico y que hace el ridículo cuando, por ejemplo, en Nicaragua deja hablando solos a los amigos porque se levanta de la mesa a vigilar que el carro esté bien. Sin duda soy torcido en cuanto a violencia se refiere, pero puedo asegurar que no soy el único. Haga la prueba: pregunte entre sus amigos, hoy a la hora de almuerzo, si tienen alguna historia de violencia qué contar. Verá el rosario de mitos que salen por boca de los afectados. En Guatemala, casi estoy seguro, no hay quien vaya invicto en el tema.