El abogado en la literatura guatemalteca I


Ren-Arturo-Villegas-Lara

Hace unos años, al leer la obra “Inquietud Normalista”, del doctor Juan José Arévalo, me llamó la atención el capítulo en donde relata la inquietud que le salió al paso en los días que siguieron a su graduación en la escuela secundaria. Sabido de su vocación por las humanidades, se encontraba con un ambiente universitario en donde no había Facultad de Humanidades.

René Arturo Villegas Lara


Ante esa situación, Arévalo cuenta que la única puerta carolingia que permitía un acercamiento humanístico, era la Escuela de Derecho, con su elegante y sobrio edificio neoclásico,  en donde, confundidos entre materias estrictamente jurídicas, era dable encontrar estudios de Filosofía, Literatura, Historia o Sociología. Y así, el recio educador de Taxisco ingresó a la Escuela de Derecho, confesando después el aburrimiento que le producía el Derecho Civil.  Este aburrimiento Arevaliano no es extraño.  Don José Milla y Vidaurre inició estudios de jurisprudencia y según el testimonio del abogado y escritor don Lorenzo Montufar, “Milla no podía sufrir el estudio del Derecho, y casi nunca sabía sus lecciones.  En cambio devoraba cuantas novelas caían en sus manos y cuantos versos, buenos o malos, llegaban al Colegio Tridentino, donde tenía una beca de familia.  Llegó a adquirir una grande afición por la bella literatura y consideraba como una calamidad la lectura de Álvarez…”  recordemos que el doctor José María Álvarez fue profesor de Derecho Civil y su texto “Instituciones de Derecho Real de Castilla y de Indias”, era lectura obligada en la Universidad de San Carlos Borromeo. Cosa igual le sucedió a Gabriel García Márquez:  “Terminado el bachillerato –dice el Premio Novel colombiano–  me matriculé en la Universidad Nacional para estudiar Derecho, e hice los cinco años, pero no me gradué nunca porque me aburre a morir esa carrera… aprobé los civiles con más dificultad que los penales, pero uno y otros me daban la misma pereza.  Ya usaba bigote, pero todavía no había hecho a un lado la corbata, y me volví experto en jugar cascarita, pues aprovechábamos las horas de Derecho Mercantil para dar patadas en los pasillos de la Facultad”.

Ante estas confesiones de consagrados escritores pareciera que debemos considerar al Derecho como algo abominable; sin embargo, creo que eso no es así. El problema radica en someterlo a interpretaciones unidimensionales o recurrir a la falacia de la generalización.  El Derecho, como ley o como costumbre, ha sido una necesidad del hombre que se agrupa en sociedad.  El problema, creo yo, radica en que se nos inculca la idea de ver el Derecho como expresión de dogma; como un fetiche al que debe rendírsele adoración ciega, negándole su esencia humana, su contenido existencial, su posibilidad de irse adaptando a las condiciones cambiantes de la vida del hombre.  Y así, se nos forma una mentalidad conservadora, conceptual, y cuando surge un artista abogado, se rebela, porque si algo singulariza al hombre  de arte, en cualquiera de sus expresiones, es que lucha como fiera porque se le respete su libertad de creación: no es de espíritu clásico; es de espíritu romántico.