Domenico Scarlatti es uno de los clavecinistas clásicos cuya lista encabeza y que incluye nombres tan ilustres como Juan Sebastián Bach, Georg F. Häendel, Henry Purcell, Jean Phillippe Rameau y Francois Couperín. Nació en Nápoles en 1685, hijo de Alessandro Scarlatti, uno de los maestros de la primera etapa y que alcanzó también gran prestigio, aun cuando no igualó al de su hijo Domenico.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
Pero antes de continuar es preciso rendir tributo sonoro a Casiopea, esposa tierna dorada, que resurge en cada motivo de mi vida impasible y maravillosa, lucero de miel que ilumina nuestra casa-ancla.
A los dieciséis años fue nombrado organista y compositor de la Capilla Real Napolitana. En 1708 conoció personalmente a Häendel y lo siguió a Roma para oír sus sabias improvisaciones. Formó parte como Corelli, del círculo intelectual que patrocinaba el cardenal Ottoboni, en Roma. En una ocasión compitió públicamente con Häendel en el clavecín, obteniendo el triunfo, aun cuando Häendel lo superaba en las composiciones orquestales. Sirvió en Polonia con la reina María Casimira, en la Catedral de San Pedro, en Roma, como maestro de capilla; también prestó sus servicios en Londres y Lisboa. Finalmente, aceptó el puesto de maestro de las princesas españolas y se trasladó a Madrid, donde dejó honda huella. La música barroca española, representada principalmente por el padre Antonio Soler debe a Domenico su desarrollo y sus enseñanzas, aun cuando después otro italiano, Boccherini, habría de continuar la labor de Scarlatti en España. Aun cuando hizo otros viajes, regresaba siempre a Madrid, en donde murió en 1757. Fue casado dos veces y en total tuvo nueve hijos.
Su música, especialmente la de clavecín, a la que dedicó la mayor parte de su actividad, es de alta originalidad y de una frescura y vitalidad notables. Su arte es sincero, joven, genial, espontáneo y encantador. Se dice, por parte de técnicos, que es el iniciador del moderno desarrollo temático, pues cada tema era tratado en forma diferente varias veces. Sus sonatas son prodigio de ingenio, de exactitud rítmica, de simetría sonora. Puede afirmarse que es el precursor de Beethoven, ya que su formidable técnica anuncia la música del futuro. Un tema escogido es tratado simétricamente en varios fragmentos, cada uno en forma distinta pero equilibrada.
El arte del clave debe a Scarlatti gran influencia. Juan Sebastián Bach superó en el Clavecín bien temperado la variedad matemática de las combinaciones, pero no superó la belleza equilibrada de las pequeñas joyas sonoras que son las sonatas de Scarlatti. La colección de sonatas es tan numerosa, que los editores no han podido ponerse de acuerdo: algunos le atribuyen más de quinientos cincuenta, otros han publicado más de seiscientas. Estas sonatas son un monumento inmortal para los instrumentos de teclado, pues lo mismo pueden tocarse en clave, piano u órgano.
Su estilo es más brillante que patético, más ingenioso que profundo, pero el resultado es de gran belleza y su obra es como la de los otros maestros mencionados, inmortal y eterna. Todo estudiante de música de teclado tendrá que estudiar la obra de Scarlatti como más tarde la de Federico Chopin.
Precursores de Domenico Scarlatti fueron los clavecinistas más antiguos que se mencionan a continuación: Giovanni Pichi, Bernardo Storace, Lorenzo Penna, Francesco Antonio Pistacho, Alessandro Poglietti, Gaetano Greco, Francesco Manzini, Domenico Zipolli y especialmente su padre, Alessandro Scarlatti.
La música para clavecín
El clavecín en sus distintas formas es fundamentalmente un instrumento de teclado. La cuerda es pulsada o tañida por una uña metálica, que movida por la tecla a base de un mecanismo, produce el sonido.