A través del tiempo ¿Cuántas veces hemos sufrido alguna decepción? Nos podríamos recordar de ¿Cuál fue nuestra primera decepción? ¿Será mejor concebir la idea de no esperar nada de las personas y la vida para no sentir ninguna? Todas las personas tenemos derecho a poseer una o varias ilusiones y estas en muchas ocasiones llegan a constituir un motor de existencia. Las ilusiones al igual que el amor son necesarias para sentirnos con vida.
La decepción es descrita como un sentimiento insatisfactorio que emerge cuando no se cumplen las expectativas deseadas. Se considera que se conforma al unir dos emociones consideradas como primarias. La sorpresa, porque no cabía en ningún pensamiento la posibilidad de que no se llegase a cumplir lo esperado y el dolor secundario acompañado por esa sensación de frustración y desencanto.
Es posible que se haya tenido la experiencia de decepcionarse de las personas, de las cosas y de situaciones desde muy temprana edad. La escritora estadounidense, Sylvia Plath, que terminó su vida con el suicidio, afirmaba que: “Si nunca esperas nada de nadie nunca te decepcionarás”. Expresión que hace reflexionar en que la fe en otras personas ha de estar perdida y que uno tendrá que confinarse a una soledad extrema en la cual ningún otro tendrá posibilidad de ser de confianza.
Un hijo, por ejemplo, tiene la expectativa y también el derecho de obtener un buen trato de sus padres, de que ellos abriguen sus deseos y contribuyan a fortalecerlo y aún quizás a alcanzarlos. Esto constituye parte de una relación amorosa. Pero, cuando las cosas no son como se han deseado, la decepción surge y esto es un azar en la vida de cada quien. Igual que el enamoramiento, constituye fuente de decepción al no ser correspondido. Sin embargo, ¿Tendremos que renunciar a la acción de amar, por no sentir correspondencia?
Considero que es una fortuna tener la vivencia de amar, sería muy duro para cualquier persona llegar a morir sin haber conocido el amor. Y el amor tiene sus expectativas, en él se espera que la persona nos sea leal, nos respete, nos comprenda, nos ayude a subir escalones o nos inste a que lo hagamos por nosotros mismos, nos cuide pero también acepte quiénes somos y nos permita ser. Cuando estas características deseadas en el establecimiento de una relación amorosa no se manifiestan la decepción florece.
Uno de los temas en juego ante la infidelidad de un miembro de la pareja es la decepción que provoca en el otro. Ya que se asume en la consolidación del romance un compromiso de lealtad que es defraudado. Aunque hay quienes han insinuado el hecho de que se puede ser leal y al mismo tiempo infiel. Aunque lo tratemos de asimilar es posible que sea algo fácil de decir pero en la práctica posiblemente tendrá una repercusión indistinta.
También es cierto que si nos formamos expectativas muy altas y distantes de la realidad nuestra caída puede ser más pronunciada, por lo que la decepción aparece de manera pronta. El gozar de una evaluación clara de las circunstancias, es un hecho que otorga la madurez, así como el asimilar que no todo lo que pensamos o queremos de manera ipso facto ha de ser cumplido.
Un niño espera lo que se le ha ofrecido, pero ante la espera continua sin una respuesta adecuada. Aprende a ya no seguir esperando, se decepciona en ese momento. Sufre, llora y se preguntará ¿Qué pasó? De manera similar pasa con la persona adulta. Pero una o muchas decepciones podrían contribuir a una lección de perseverancia y no necesariamente de amargura.