Recurramos inicialmente al Gran Lengua, a Miguel Ángel Asturias. Quien haya leído su novela “Viernes de Dolores”, coincidirá conmigo que sólo puede omitir su lectura quien no tenga adentro el espíritu festivo del estudiante huelguero. “Viernes de Dolores” es el entretelón de los primeros tiempos de la Huelga, con su anecdotario florido de la comedia de todas las comedia de Guatemala, con su “Nonostientes”, su velada, su convite, su desfile, su zopilote con el cuto amarrado al pescuezo y, sobre todo, su crítica “…sobre los hediondos males…” que van formando la historia de nuestro país.
Crítica dicha con fina ironía o con palabrotas descargadas sin recato o cortesía. Y sobre todo, reírse del mundo y de la vida. “Risa pura, alegre y sana, como dice el rector Martínez Durán, que transmuta los caminos del dolor y de la pena, de la mueca y de la sordidez en vías florecidas y luminosas. Sabia y benévola risa nacida de claridad interior y alimentada con la miel de la gracia”. Y así, con el recuerdo a cuestas, Asturias nos cuenta de las primeras reuniones del Comité de Huelga de Dolores, el Honorable, y nos dice que la Huelga nace en el Cementerio General, a propuesta de los estudiantes de medicina; eso sí, a considerable distancia de los aciertos de sus maestros, tapados con tierra y calicanto. Y entonces Asturias, cumpliendo el requerimiento del Popol Vuh, de que nadie se queda atrás, que todos salgan a volar, pone en boca de un estudiante los consejos del Hermano Pedro, solo que sin ninguna carga de santidad:
Recordad doncellas
que un virgo tenéis,
y si lo perdéis
no lo recobraréis.
Y cuanto el estudiante se percata que también hay mujeres ya hechas y derechas que ya llegaron a la edad de merecer, como decía don Bernal Díaz del Castillo, cambia el estribillo y dice:
Recordad, señoras,
que un cuerpo tenéis
y si no lo usáis
¿Para qué lo queréis?
Son conocidos los escritores guatemaltecos que han aprovechado el recuerdo estudiantil para nutrir sus obras literarias. Curiosamente algunos de ellos se nombran “Pepes”: Pepe Milla, Pepe Batres, Pepe Hernández Cobos, Pepe Arévalo Bermejo. Todos llevaron el nombre de José. En esta oportunidad quiero referirme a un escritor y maestro de la Facultad que no se llamaba José: me refiero a Flavio Herrera, mi maestro, dicho con legítimo orgullo, de Literatura, Derecho Romano y Derecho Español y Guatemalteco. Flavio escribió una obra que debe leerse; me refiero a “Veinte Rábulas en Flux y Uno Más”, que permite conocer la vida del estudiante de derecho en los inicios del siglo XX, o sea la Universidad en tiempos del gobierno de Estrada Cabrera. Conociendo el criterio conservador de muchos lectores guatemaltecos, el maestro Flavio, advierte: “Más de un sesudo lector juzgue esta nivola baladí y acaso más de un trasnochado moralista condene el riente y bizarro amoralismo de muchos de sus héroes que, en la tradición estudiantil de Guatemala, dejaron, como un desquite a la opresión, un relámpago de bohemia y alegría.” Muchas son las anécdotas que en este libro cuenta Flavio Herrera. Veintiuna en total. Sólo copio una que dice:
“Un día el profesor de Derecho Penal, explicó que en el cielo de la criminología había aparecido un astro que sumaba con timbre de gloria en la constelación formada por Pessina, Garófalo, etc., Oír que éstos humillaban su brío ante el esplendoroso radiar del astro. Se refería al profesor César Lombroso, descubridor del tipo criminal en la fisonomía y la traza corpórea. Las piernas en paréntesis, el pulgar oponible, la forma de la cabeza, de la nariz, de las orejas sin lóbulo, en fin, podíamos descubrir así al asesino, al estafador, al ladrón, al estuprador empedernido o en potencia. El problema de la ciencia penal y de la criminología, estaba resuelto: bastaba organizar un cuerpo de policía y echarlos a las calles para que capturara a cuanto enano, feo, patizambo, giboso o entelerido anduviera suelto por las calles y ponerlo a buen recaudo, limpiando así cualquier ciudad de criminales en potencia, en garantía del orden y la paz sociales. Y así fue como Lombroso, por medio del profesor de Derecho Penal, estuvo a punto de causar una catástrofe en un aula de la bonachona Facultad de Derecho, cuando, con inaudita y jocosa sorpresa, los alumnos de Derecho Penal, fisgándose unos a otros, deduciendo del auto examen colectivo que al menos el noventa y cinco por ciento, incluyendo al profesor, debía abandonar el aula y trasladarse en bloque a los lúgubres reparos de la Tigrera o de la Penitenciaría Central”. Hasta aquí lo que cuenta el maestro Flavio Herrera.