La noticia del asesinato ayer de dos niñas cuyos cadáveres fueron brutalmente abandonados en la vía pública luego de haber sido estranguladas tiene parangón con lo ocurrido el mes pasado en Newtown, estado de Connecticut en los Estados Unidos, porque se trata de vidas inocentes arrebatadas en forma vil. Las diferencias no están únicamente en el número de víctimas, sino también en la naturaleza del crimen, porque mientras lo ocurrido en ese pequeño poblado norteamericano fue producto de un ataque causado por un enfermo mental que murió en el lugar del ataque, en Guatemala se trata de un hecho perpetrado con la mayor sangre fría por elementos del llamado crimen organizado que han demostrado hasta dónde están dispuestos a llegar para castigar a sus enemigos y seguramente volverán a cometer iguales o peores actos de barbarie.
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En Estados Unidos millones de personas se conmovieron por los hechos y los medios de comunicación dieron constante cobertura al suceso, mientras el Presidente del país viajó al lugar de la tragedia para ser parte importante de la reflexión que provocó ese hecho. Ayer mismo el mandatario Barack Obama presentó a la sociedad el más firme plan para el control de armas que se haya conocido en las últimas décadas, pretendiendo no sólo que cada comprador de alguna arma de fuego sea sometido a controles estrictos sobre su pasado y su estabilidad, sino que también se prohíba la venta libre de armas de asalto y de tolvas o magacines con capacidad para más de diez balas. Aparte de esas medidas que requieren aprobación del Congreso, dispuso hacer uso de sus poderes ejecutivos para establecer una serie de controles que persiguen impedir que las armas estén en manos de personas con desequilibrios.
En el caso de Guatemala no hay reacción ni de la sociedad ni de las autoridades porque ante la violencia adoptamos la actitud de quien está oyendo llover. Nos hemos acostumbrado al traqueteo de las armas y, peor que eso, al dolor y el sufrimiento de nuestros semejantes y sobre todo de las víctimas más indefensas. No puedo entender cómo es que personas normales, equilibradas y que se consideran honorables pueden ver que se hace sufrir a los niños sin inmutarse, sin que esos hechos provoquen indignación y cólera. Todos los que tenemos la dicha de tener hijos o nietos sabemos lo que significa cualquier golpe o contratiempo que sufran los pequeños de nuestra familia y haríamos todo lo que esté en nuestras manos por evitarles el menor sufrimiento o dolor. Pues en cada niño que sufre hay dolor y cada caso debiera servir para agitar a la sociedad a efecto de que reaccionemos ante la pena ajena.
Los detalles hacen más dramáticos los casos. Así como en Newtown fueron saliendo poco a poco a luz aspectos relevantes de los últimos momentos que vivieron esos niños asesinados con precisión por un enfermo que accionaba armas automáticas, en Guatemala sabemos que una de las niñas, seguramente al sentir el peligro, tomó su Santo Rosario para rezar como un último acto de fe en busca de la tranquilidad. Una niña de 12 años, con edad suficiente para entender lo que se le venía, tuvo la conciencia, la fe y la piedad de rezar y murió con su Rosario plástico entre los dedos.
Cuando pasó lo que pasó en Estados Unidos, aquí mismo en Guatemala hubo expresiones de dolor e indignación, además de compasión por las víctimas y sus familiares. Pero ante nuestros propios casos dramáticos no hay reacción, no hay respuesta, no hay reclamos a las autoridades ni a la sociedad para que hagamos algo, lo que sea, con tal de evidenciar nuestro repudio a tanto salvajismo y sangre fría mostrada por los animales que, en pleno uso de razón, perpetraron tales asesinatos y están ya listos para repetirlos cuando se les ordene o cuando se les antoje.