Los países emergentes, entre ellos Brasil y México, insistieron ante el G8 en la necesidad de que les haga un sitio en su club de los países industrializados, y lo instaron a resolver el cambio climático y la liberalización del comercio, esenciales para los países en desarrollo.
Como era previsible, Brasil, México, China, India y Sudáfrica, que participaron ayer en la jornada de clausura del G8 en Heilingendamm, Alemania, repitieron, por enésima vez, que el foro de debate deja de ser representativo si se prescinde de ellos.
Y es que entre todos suman el 42% de la población mundial.
Aunque no han ganado la partida en su intento por convertir el G8 en G13, parecen haber concienciado un poco más a los Ocho.
En una rueda de prensa, el presidente brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva, fue más que explícito.
«Para mi está claro que el G8 es cada vez más consciente de que los temas a debate no permiten que los países ricos del mundo decidan solos sobre ellos», comentó.
Poco antes la canciller alemana, Angela Merkel, postergaba sus expectativas de ingreso.
En una conferencia de prensa, a la pregunta de si los cinco países emergentes deberían entrar a formar parte del G8, Merkel contestó con un «por el momento, mi opinión, es no».
En todo caso, la cumbre puso en marcha un diálogo estructurado y permanente con esos países, subrayó.
En cuanto a sus reivindicaciones, los dos países latinoamericanos están esperanzados.
«Los países pobres y en desarrollo tenemos mucho por hacer para evitar que la cuestión del cambio climático sea un instrumento de inhibición del crecimiento», dijo Lula.
Y recuerda que no basta con que se decida reducir la emisión de gases contaminantes, sino que es necesario que cada país invierta en innovaciones tecnológicas para plantar cara a este problema.
En este sentido, dice, Brasil es un privilegiado, que ha dado un paso de gigante con el desarrollo de los biocombustibles, el biodiesel y la energías renovables.
Pero no se ha quedado muy satisfecho con el acuerdo alcanzado por los miembros del G8 (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá, Japón, Alemania y Rusia) para «reducir sustancialmente» los gases de efecto invernadero, sin compromisos numéricos.
No obstante ha propuesto reunir a sus colegas del G5 para abordar esta cuestión y llegar a la próxima cumbre anual con una propuesta.
Para el presidente mexicano, Felipe Calderón, este acuerdo de mínimos sirve de base, aunque en Alemania expresó su esperanza de que se logre un «compromiso más concreto y más claro».
Horas después, en Copenhague, donde realiza una visita oficial, volvió a mencionarlo.
«El G8 logró un resultado significativo y debemos explotarlo para avanzar hacia un nuevo acuerdo global sobre el clima» que sustituya al de Kioto en 2012, dijo.
Los dos líderes latinoamericanos también pusieron énfasis en las estancadas negociaciones de la Ronda de Doha para la liberalización del comercio.
Lula parece convencido de que saldrá adelante.
«Soy optimista. Salgo más optimista de lo que ya soy», dijo en la rueda de prensa, en la que explicó la situación utilizando el ejemplo del póquer.
Cada uno tiene sus cartas escondidas y pide más fichas, pero llegará un momento en que todos coloquen sus fichas sobre la mesa, afirmó.
Insistió en que «es un problema político, no económico, lo interesante es que los países más pobres tengan una posibilidad de salir como ganadores».
Calderón ha repetido en varias ocasiones el deseo de México de «jugar un papel más activo en la economía globalizada».
Por último, por expreso deseo del presidente francés, Nicolas Sarkozy, salió a relucir el caso de Colombia.
El G8 elogió el «gesto valiente» del presidente colombiano ílvaro Uribe de liberar a decenas de prisioneros y pidió a las FARC que acepten «una solución humanitaria» que lleve a la liberación de los rehenes que mantiene en su poder.