Odio e intolerancia


Eduardo_Villatoro

En diversas oportunidades, cuando amigos míos me preguntan si no me ofendo las veces que algunos de mis pocos lectores no sólo discrepan de mis opiniones acerca de indeterminado asunto que abordo, sino que llegan a extremos del vulgar insulto. Les aclaro que gracias a la amplitud de criterio y el respeto al derecho de expresión del pensamiento, no sólo de los periodistas sino del resto de los guatemaltecos, La Hora es efectivamente una tribuna abierta a todas las corrientes de diversidad de criterios, y no un simple mostrador publicitario.

Eduardo Villatoro


Quizá uno de los aspectos más sobresalientes de esta holgada disposición editorial lo constituye el espacio que se concede en la modalidad digital del vespertino, al dar cabida a variedad de acotaciones de lectores que envían por la vía electrónica sus comentarios a los artículos de los columnistas y a las informaciones de los acontecimientos que acaecen cotidianamente, y de ahí que sostengo que este ámbito de La Hora se ha convertido en un foro público en el que desembocan abiertamente múltiples formas de pensar de los usuarios cibernéticos del vespertino.

En muchas ocasiones, cuando he publicado un artículo que ha despertado el interés de numerosos lectores que desean participar en el debate en torno al tema planteado, los llamados “globeros” pierden de vista el objetivo central de la columna y se dedican a recíprocas críticas entre sí, aunque, desde luego, no faltan los que son ardorosamente hostiles a mis planteamientos.

Estoy convencido de que se trata de un fenómeno afortunado para la comunidad guatemalteca, porque de esa forma canalizan sus simpatías o rechazos a los hechos que afectan a esta misma colectividad, en circunstancias que son propicias para externar el malestar, la incomodidad, la desazón o la satisfacción sobre un suceso determinado, en un clima de libertad para externar sus opiniones, que ciertamente no es una graciosa concesión del actual o los recientes gobiernos, sino que es fruto de intensas y cruentas batallas libradas por periodistas y activistas sociales y políticos de pasadas generaciones.

Vienen a mi memoria nombres de queridos camaradas que se desenvolvieron en estos recodos de la lucha por la libertad de prensa y el derecho a disentir, que perdieron la vida en manos de anónimos asesinos que fueron instrumentos de regímenes autoritarios encabezados por intransigentes militares, mientras que otros logramos salvar la vida, ya sea porque buscamos refugio en países que nos acogieron en su seno, o porque fallaron los perversos intentos de esbirros y gorilas.

Mal haría yo en no apoyar a los editores de La Hora en su empeño de alimentar sus espacios a las críticas dirigidas a los que criticamos, porque los periodistas de opinión, como es mi caso, cometemos errores o nos equivocamos en nuestras apreciaciones, o simplemente publicamos columnas cuyos contenidos no son compartidos por nuestros lectores, aunque a veces sus acotaciones trascienden los límites del mutuo respeto y asumen posiciones propias de la intolerancia y el fanatismo.

Cabalmente de “fanático cristiano” me acaba de calificar un lector al referirse a mi artículo del sábado 22, como en otras ocasiones me han tildado de comunista, populista y otros epítetos que no alteran mi estado de ánimo, porque comprendo las limitaciones culturales y la estrechez cerebral de quienes acuden hasta la diatriba para pretender hacer valer sus débiles y falaces conceptos que no logran derivar en argumentos, especialmente cuando su dogmatismo es rebasado por su ignorancia, y el odio que anida en sus corazones corroe sus propias entrañas en su infeliz, solitaria y miserable existencia.

(Gracias a los amigos que me han llamado para condolerse de la pena que me embarga por el fallecimiento de mi hermana Martha Josefina viuda de Calvo, acaecido la tarde del martes en Mazatenango).